jueves, 13 de agosto de 2020

LAS MENCÍAS DE LAS HUELLAS DEL OSO


Las mencías de las huellas del oso
Tengo delante de mí una botella de vino Cuatro Pasos de Martín Codax, la empresa cooperativa que siempre me recordará mi juventud de ferviente cooperativista. Antes de abrir la botella de mencía me dejo manejar por  las divagaciones, como si estuviera apurando una garrafa.
Los Cuatro Pasos, las cuatro huellas del oso, pesadas y tercas, de aquel animal que apuraba los racimos de uvas, llenándose la tripa entre las cepas, porque escaseaban la miel, la mora y la castaña.
La Cooperativa tomó las riendas de la viña del Bierzo, allá en lo alto, la cuidó hasta dar unos excelentes vinos. Pero no abandonó a los osos amigos que tendían a desaparecer por la obra humana, y patrocinó al Fondo de Protección de Animales Salvajes, para la siembra de cuatro mil trescientos castaños y cerezos con los que se nutrieran los osos de la zona, y abandonaran su pillaje de hambrientos en las viñas. Vida para la selecta viña, vida que brota de los nuevos árboles, y renacer de la fauna autóctona de osos pardos.
Me puse de música de fondo el edificante disco de El hombre que plantaba árboles, relato de Jean Giono, con música de Paul Winter Consort, mientras pensaba como mamá osa veía crecer sus retoños, mientras retoñaban los castaños.
Eché de menos las páginas de Winnie the Pooh, ese libro quizás cuento, que nació del talento A.A. Milne, por la feliz coincidencia de las divertidas escenas de su hijo pequeño jugando en el zoo de Londres, con la osa Winie, nacida en Canadá y donada un oficial de caballería canadiense, camino a la primera guerra mundial. Winnie cariñosa y especial, se hizo la dueña del aprecio de todos los niños y mayores que la visitaban. Así nació una obra de arte irrepetible.
Seguro Winie hubiera sido una extraordinaria amiga de los osos del Bierzo, incluso es posible que nos hubiera dado descendientes, y que se vaciaran muchas colmenas. Aunque hubiera seguido diciendo –“que un día sin un amigo, es como un panal de miel sin una gota en su interior”.
Llegó el amigo con un cartucho de castañas asadas, y seguimos la perorata de los cuentos invernales. Abrimos la botella de Cuatro Pasos con alguna parsimonia, como de andar de oso buscador, y el rojo guinda tiñó las copas, su sabor penetrante a mencía, cariñoso, elegante, tomó cuerpo mientras paseaba caliente en nuestras manos tiznadas una castañas briosas que nos decían cómeme.
Otra brindis, otra castaña, un amigo, Cuatro Pasos, y un fondo musical, que tiene castañas, como el esfuerzo de llenar de árboles el Bierzo, para que la uva y el oso se guarden un respeto imponente.
Francisco Flores


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