sábado, 4 de abril de 2026

VIERNES SANTO DE DOLOR EN LA MALAGUETA

 

VIERNES SANTO DE DOLOR EN LA MALAGUETA


En la pantalla iba a darle agua Charton Heston, expresidente yanqui de la Asociación del Rifle, a Jesús, camino del Calvario, cosillas de Ben-Hur; El Descendimiento del Hospital Noble iba a pedir la venia en la Tribuna, para encaminarse hacia La Manquita en su oración de penitencia. Mientras las calles alborotaban el silencio del Viernes de Dolores a la turista manera, y los peplum incurrían en la carta de ajuste del Gólgota: en los corrales de la Malagueta, trasegaba con la muerte, el heredero de la saga de torileros y toreros que más han trabajado, templado, mandado en torero y corrido banderilleando en su albero, los Ortiz.

Ricardo Ortiz aparece en el wasap porque ha fallecido, cuándo ya en mi camino de desintoxicarme de la eterna afición de juventud, le había perdido la pista. Inmediatamente pongo la antena de Internet, por no saber si era noticia, tanto era mi nuevo desapego taurino. Inmediatamente me bitea la tragedia, que el amigo torero, de la ilustre dinastía de mis vecinos, ha muerto por asta de marrajo en los corrales, sin la venia de otro presidente, que echarle valor a la mala suerte de estar enjaretando el lote en los toriles para La Picassiana.

A Ricardo, hijo del amigo desaparecido Manolo, que se paseó en la Cuadrilla del Arte, cuando hizo de los peones de briega, los de más confianza de los tendidos españoles, con los brillantes y certeros tercios de banderillas, del más difícil todavía: le conocí desde sus primeros capotazos, hasta la excepcional salida a hombros con José Tomás, cuando emular al torero madrileño era una hazaña de las imposibles, para cualquier otro que se vistiera de luces. No tuvo suerte Ricardo, pero siempre demostró oficio de su gran escuela familiar, vergüenza torera y disposición para enfrentarse a los lotes que encerraban más peligro.

El tristísimo suceso me ha conmocionado, porque desde que con poquísimas luces, me senté en tablones y piedras del coso malagueño, tengo presente su apellido, como unas páginas de mi Cossio de andar por casa, ya su tío abuelo de pelos blancos seguía el mando del Palco, para abrir el portón de los sustos. Después conocí en mi pandilla a su tía Mari Carmen, de la que llamabamos cariñosamente “La Torera”, guapa y simpática, a su tío atlante desde el don Pelayo pelotero, hasta pelotari del rebalaje de La Farola. Pero quizá fue mi admiración por Pepe Ortiz, el summum de su apellido, rehiletero magistral y mi dilecto, al que el Papa Negro, como gran maestre y padre de los Bienvenidas, le concedió el halago en la historia, por ser para el mejor banderillero que había conocido.

El presidente de una corrida, me dijo en un apartado en los corrales de la tragedia, que como aficionado, debiera conocer que el Sanatorio de los toreros estaba vacío de coletas, porque ya los bureles no entrañaban el peligro de antaño, mientras se empecinaba en devolver a la dehesa la corrida del Centenario ferial, aunque su trapío era considerable. Ahora, cuando se esté de duelo con el recuerdo del torero fallecido en sus labores de nuevo oficio, haciendo el apartado de esta mañana de Sábado de Gloria, le diría como Lorca: -”¡Que no quiero verla! que no quiero ver la sangre...” de nuestro inolvidable Ricardo, en su casa familiar de siempre, La Malagueta.


Curro Flores






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