¿Pablo por qué me
persigues?
Descubrí hace muchos
años que a los míos nos llamaban en directo y en diferido viles reaccionarios
al servicio de unos tales Billy Brant, Olof Palme, Miterrand etc., para colmo
resulta que nuestro papel en la historia era la de ser los últimos
administradores del capitalismo, en un terreno plagado de rojos fetén, los socialistas democráticos y los socialdemocrátas
constituíamos una tropa de vergonzantes
de rosas pálidos; algunos de los
nuestros se nominaban luxemburguistas o se
disfrazaban de troskistas y decían que practicaban el entrismo dentro de una
organización de clase desvirtuada.
Después vinieron los
felices ochenta y al sacrosanto éxito electoral de las tropas del PSOE, nos
llenó de pueblo las urnas y las filas de nuestro partido de muchos de aquellos
izquierdistas y de otras procedencias o independencias que desde los discípulos
de Enver Hoxha a Fidel, pasando por los de Mao, Stalin, camino de la Moncloa,
no de Damasco, se cayeron del caballo y víctimas de la ceguera, oyeron la voz
de - ¿Saulo por qué me persigues? Contestando
como los buenos conversos con más dosis de fidelidad que los propios no
educados en la disciplina comunista. Muchos tuvieron la oportunidad de
demostrar con los años su eficacia militante en aquella falacia ideológica de
la división entre renovadores y guerristas, unos como conservadores de las
esencias del partido y otros por las necesidades de la válvula de escape y el
anquilosamiento.
Llevamos cuatro años
tomándole el pulso a la prima de riesgo, aquella desconocida y parienta próxima
que entre medicamentos y cuidados se ha cargado todo nuestro ahorro, ha
sembrado tragedia, desasosiego e inquietud en nuestras vidas. La crisis ha
descubierto cuánto encubierto vivía a nuestra costa, y como el oscuro dinero
negro corría a la velocidad de la luz,
ahora con la lentitud lapidaria de la justicia, espero que no se hagan
cárceles de cinco estrellas con spas, ruleta, golf y sala de masajes para los
ilustres moradores y romanones.
A veces la magdalena de
Proust se me atraganta en busca del tiempo perdido, incluso se atreve a sembrar
la duda entre el sanwich de la globalización, aquella ilusionante Europa, las
economías del conocimiento de los gibabites que no cesan y los odres que me
rallan el coco con el eco de las viejas consignas. Veo a Sergei Stanichev un
antiguo konsomolito al frente de los socialistas europeos y me entran ganas por
eso de ser del sur, no de tirar la toalla, sino de ponerla al sol para hacer de
lagarto adobado en crema solar.
Pero la política se ha
vuelto interesante, mientras los políticos se desprecian, desde Mayo para acá
la inquietud se palpa y cada cual saca a relucir la pezuña del lobo de
Caperucita. Me ha maravillado el vertiginoso viaje al centro de la élite
izquierdista de Podemos, por aquello de que el pueblo no coincide para nada con
sus esencias ideológicas apegadas al bolchevismo.
Ni de izquierdas, ni de
derechas, Pablo Manuel Iglesias han visto la luz en las encuestas, porque el
caballo elegido más cómodo para caerse era el de Troya, y si alguien quiere ver
muchas explicaciones en su vertiginoso cambio, mejor que elija entre sus
respuestas la que le dio Hanibal Lester a Clarice en el Silencio de los Corderos, sobre la
motivación del criminal de Bufalo Bill –“Clarice,
es la codicia”. Aquí se llama pueblo.
Pero amén de recuperar
la confianza perdida, comprometernos en recobrar el bienestar perdido, iluminar
el futuro con realismo y eficacia. Miro al norte de Europa, dónde la compra de
una tableta de toblerone con la tarjeta oficial de plástico, llevó a la
refulgente ministra socialdemocráta
sueca Mona Sahlin a dimitir. Un chute de decencia necesita nuestra democracia, para ver si
nuestra idiosincrasia es capaz de aguantar los aires nórdicos.
Curro Flores
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