Alex Kanev, mago y
mágico vino
La suerte amiga de Orfeo, hizo que llegara a Málaga una de las
300 botellas de Alex Kanev, vino exclusivo elaborado por el excepcional enólogo
de Plovdiv, cualquier experto que hiciera una lectura de su composición, no
pasaría de otros detalles formularios: 65 de cabernet souvignon, 20 de merlot y
hasta el cien por cien de siras; su curiosa numeración personal, caja
particular de madera, reposo en barril francés, bouquet, aroma y su extremada capacidad de maridaje, ya nos ponen
sobre la estela de su particular fantasía.
Nuestro amigo Alex,
enólogo de artesanía, ajeno a las corrientes masificadoras, le gusta traernos
sus cardos tracios, de los odres que conoció Homero, paridos en cada rincón de
la molturación.
Creo que llegó a Kanev,
los secretos de un gitano pomaco, que entre cantos vagabundeaba historias del
pasado, y quién entre copas balbuceaba a la oreja más atenta del gentío, poseer
las claves arcanas de la elaboración del vino órfico, para los rituales de los
dioses. Contaba que el río Maritsa trae entre sus aguas el manantial de
lágrimas de las bacantes quebradas por el amor no correspondido de Orfeo, y que por los secretos de las aguas confluyen,
a veces, con las lágrimas perennes del llanto del cantor por su amada Eurídice.
Esas aguas riegan las exclusivas sepas del valle de las viñas, y de sus uvas
selectas mana el vino que sabiamente se nos ofrece.
Estas botellas nacidas
para la más íntima celebración de la “fiesta del cordero búlgaro”, sabe mezclar
sus caldos, con los sabores de las frutas del bosque de Rodope, las que saborea
el labio amado, la ovejita y merodea el abejorro, en el verano de sus bosques alborotados por los
ecos de los cantos y la lira. Cevermet o kurban, patatnik, feta, kiufté y
tantas delicias culinarias para el misterio báquico y San Jorge, dónde embriagan con solemnidad los brindis con las
copas del gustoso tinto Alex Kanev.
Mi botella la reservé,
para mi tropilla de catadores, reunidos en torno a una mesa, siempre crítica a
la hora de oler y degustar todos los caldos. Para la ocasión, cada cual trajo
lo suyo de la provincia malagueña, y aledaños: Queso de cabra payoya de
Grazalema, finas láminas de jamón de Trevelez, ensalada malagueña de cebolleta,
naranja del valle del Azahar, patatas, y, dónde la aceituna de verdial baila
con el turista, un bacalao noruego asado; chivo de la Axarquía, al ajillo y en
salsa de almendra, porra de Archidona, sin faltar el plato de boquerones y
gambitas de la bahía, más el caldito de pintarroja. El matrimonio de cada sabor
con el original vino de Plovdiv, -la meritada capital europea de la Cultura en
2019, mereció todas las ovaciones de mis anfitriones, que trataban de adivinar
sus esencias alejadas del común de sus apreciaciones.
A los postres, alguien
trajo unas gachas de mosto del vino San Cayetano, de la uva Pedro Ximén, usado
en la ceremonia de la misa, ese nuevo encuentro de sabores míticos, nos
permitió brindar por la sorpresa de haber degustado el singular Alex Kanev.
Francisco Flores
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