¡Eureka, La Alcazaba!
Los ojos de sorpresa
están en la plaza de La Merced cuando, tras el derribo del mamotreto del
Astoria, ha aparecido la visión de las murallas de La Alcazaba, casi el oasis
soñado de los exploradores sedientos en el desierto de ladrillos.
El túnel ávido de
gasolina que une la Plaza con el Parque se difumina, para ensoñar más pasado y
procrear selfies turísticos. Muchas veces una pátina de Cultura, hace más por
los bolsillos de las comunidades que las cuidan y las cultivan, que la migraña
de los áticos con vistas exclusivas.
Hace muchos, muchos
años, un excelente poeta local, y yo, concejal de Cultura, recogimos al gran
poeta de Oliva (Valencia), Francisco Brines; íbamos en coche por la calle
Alcazabilla camino de Gibralfaro y al pasar por el bello rincón de La Alcazaba,
Brines mostró su admiración y sorpresa por el Palacio árabe. Inmediatamente,
nuestro insigne poeta, lo quiso bajar del burro, le dijo que aquello era un
trabajo de recreación reciente, conseguido por el tesón del concejal Juan
Temboury, perseguido por el deseo de restaurar el espacio ruinoso del barrio
que se erigía soportado por las murallas derruidas del antiguo recinto. El don
de la oportunidad nunca ha sido mi fuerte, y tercié en la conversación, gracias
al esfuerzo de aquel culto edil, hoy los malagueños no tenemos este espacio
lleno de horribles bloques, que era la afición preferida en los años del
desarrollismo franquista.
Aún recuerdo de mis
años de concejal de Cultura y Turismo, las caras de extrañeza que produje ante
los representantes del turismo local, cuando hablé de “turismo cultural”, era
la época de los paquetes de guiris enclaustrados en los hoteles. Después vino el
primer Plan Estratégico del la Corporación socialista de Pedro Aparicio, donde
objetivamos las potencialidades de Málaga en el turismo, la cultura y las
nuevas tecnologías, y aquí estamos.
Finalizada una reunión
de trabajo con arquitectos en la calle Alcazabilla, sobre su futuro diseño
peatonal, tomaba un refresco con el amable Francisco Campos, propietario de la
Bodega El Pimpi. Le comenté cual sería el futuro de su terraza, teniendo
amistad para eso, en cordobés profundo me dijo: -“niño, estás para que te
encierren”. Hoy, El Pimpi es el restaurante de más negocio de Andalucía, yo
sigo libre.
Hoy la gran obra de
Temboury, la que cuida con ciencia, mimo y esfuerzo su directora Fanny de
Carranza, ha abierto más su presencia urbana. Para algunos, negocio a la vista,
para muchísimos, esplendoroso ocio.
La cuenta de lo gastado
en la parcela del Astoria por el Ayuntamiento, va por más de 20 millones, aquí
el dilema. ¿La construimos y tratamos de hacer caja con más inventos, o creamos
un espacio singular de parque homenaje a Picasso, que le añada más cultura a
nuestro afán de fotogenia?
Curro Flores
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