PREGÓN DE VERDIALES
2009, DE LA PEÑA DE JUAN BREVA
Queridos amigos y
amigas de la Peña Juan Breva
Fiesteros y fiesteras, y aficionados/as a la Fiesta
Nuestros amigos de la Peña Juan Breva, presididos por mi
buen amigo Gonzalo Rojo, han querido que ocupe plaza de honor de pregonero de
la cuarenta y una Semana de Verdiales. Esta
elección la parió la camaradería,
la amistad y el afecto que nos profesamos, no hay otro mérito.
En este lugar tan singular de nuestra ciudad, donde se
enseña que “escuchar es un arte”, trato de rendir culto, de un modo personal, al más longevo de nuestros bienes culturales, no
sé si sabré restituir lo mucho que me han dado en lo público y en lo privado los
fiesteros y fiesteras, los verdiales.
De nacer dos veces o
tres, cuánto haga falta, no me canso del mundo, quiero una infancia feraz y saltarina en los Montes de Málaga, en
partíos fiesteros, dónde la angustia de subir una trocha cargado de canasto de uvas o un saquillo de almendras, dan aliento, para llenar los ecos montunos de alegría festiva: grandeza de
alpargatas endurecidas en el barro, pana raída y tomizas de hilillos
acomodadas a la cintura, para que no se
traben las vergüenzas.
A los niños de la hoya
de Málaga de limo sucio, tierra garrapiñada y casas desvencijadas, de olor a
faena de arenques, les era difícil saber del horizonte más allá del “Monte Coronao”,
de la matanza, del lomo adobao, del pan
cateto, del vino de los montes y de los
roscos de matalahúga.
Fueron los tantanes y
chinchines de los panderos y platillos de tontos y tragaeras (fiesteros que no pedían
para las ánimas, sino para ellos mismos), que ya bajaron de la Ermita de los Dolores, de Venta Alegre hasta
la Venta del Tunel, por orden del señor alcalde de los sesenta, surcando
su discurrir veredero tras los abanderaos, los alcaldes de las pandas y los
reclamos de las caracolas, los que cada 28 de diciembre nos convocaban a la
diversión que nos apicaraba y divertía a
los jóvenes al ritmo del pasado ignoto.
El calendario lúdico de
los sesenta y setenta del siglo pasado, más escueto que el actual dónde al botellón le faltan días de
la semana, tenía dos fechas llamativas para convocarnos a la comunidad jaranera:
la primera el 28 de diciembre “día de los inocentes” a ritmos de nuestra fiesta
de verdiales, y el sábado de gloria en el que a las 12 de la noche se abrían
las discotecas encuaresmadas durante la Pasión y nos acogían a trotar y desfogar con nuestras primeras
turistas torremolineras a ritmo de rock.
Pasado y futuro de nuestro buen solar al
sol para la fiesta. Cultura de masas, masas en la cultura.
“Las escuelas
municipales de verdiales intentan recuperar el folclore malagueño”, titular animoso
de un periódico del 8
de junio, de 1986. Esta peña en el callejón del Picador, presidida por el
añorado Alberto Cuevas, acordó con la autoridad municipal, promocionar y potenciar la fiesta entre la juventud, por aquellos
distritos dónde se habían asentado las
comunidades fiesteras. Ese fue el primer paso, algo ha llovido, hoy podemos decir en calle Ramón Franquelo,
con la nocturnidad que le es propia y sin alevosía, que José Gómez Santiago,
presidente de las pandas verdialeras, rige
el destino de ocho de estas escuelas, que tienen 599 alumnos en 2009 y que el
28 de diciembre, siete nuevas pandas concursarán gracias a ellas, este es el
resultado de lo que fuera aquella nuestra primera iniciativa en el Puerto de la
Torre con Bernardo y su hermana.
La”riá” empezó a
deslizarse mucho antes: lagares que desaparecían, ermitas derruídas, ventas
obligadas a adecuar su negocio a los nuevos tiempos, casillas abandonadas, montes
para soñar los montes a solas. Seres de la vida rural injertados en la economía de la urbe. El mundo de la
fiesta deslocalizado. La filoxera ya había secado la sangre vital de los Montes,
nuestro vino, el goteo del insistente cantarillo del progreso se encargó del
resto.
Hoy, ya es hoy de
muchas maneras, pero la esencia que personas de excepción como el verdialero
alcalde de alcaldes Antonio Fernández Povea, y los Enrique España, Rafael
Santiago, Adolfo y tantos otros, nos supieron entregar y mostrar, su manera de
sentir, sus modos de vida, su manera de emocionar y emocionarnos, sus lucidas
formas musicales, fueron el arranque para un acercamiento participado y menos
invasivo de lo que en esta época se hace con otras expresiones folclóricas.
Quizás fue muy
pretencioso llamarlo Escuela, dónde no había habido más que transmisión oral, pero ni la
uniformidad escolástica las ha invadido, como algunos creían, ni el muermo las
ha cegado; esos lugares de transmisión fiestera, pueden presumir de jóvenes de
ayer, jóvenes de hoy, niños y niñas, que
saben armar la fiesta e interpretar el
verdial con fuerza montuna, original viveza cateta y singularidad expresiva en
sus modos interpretativos.
No imitan porque saben,
emulan porque pueden, y respetan sobre todo el legado de sus mayores. Mañana
que ya es hoy de “El Hombrecillo” y “El niño de Juan Moreno”
Aunque la bandera como
tal ha estado expuesta alguna vez a las reyertas entre los mal avenidos, quienes
la portan abanderadas y abanderados, nos han embelesado con gracia y donaire, jugando
a la perdiz y la ardilla con ritmo endiablado, driblando los jarales: Candelaria,
María Gracia y María José: os vi crecer, mientras vuestro padre, el inigualable
Pepe Salazar, (alcalde Zeus), pavoneaba el aire con su vara para vuestro baile del
Coto de las Tres Hermanas; las Tres Gracias del Olimpo fiestero: festividad, belleza y
júbilo.
Antaño en la Ermita, el
pagado ermitaño, aprendió en su refugio a tocar la caracola y a decir aquí
estoy. Dicen que vino del mar, despechado por el desamor de una sirena, allí
conoció el concierto a son de caracolas,
desde entonces el santón a lo lejos,
decía “sueño con tu mar en la boca” y emitía un sonido de llanto amoroso
que quebraba el alma. Esos besos lejanos enseñaron a la fiesta a decir “aquí
estoy”, caminando por las olas de piedra, anunciados por la voz de la caracola, majestad y hechizo de todas las arquitecturas.
En el campo todo se
vuelve saturnal; el rito para la fiesta es un volver y volver con los astros,
un resucitar de la cosecha, calostro, miel, almendra, uva, aceituna; vino y aceite para encender el alma y los
candiles en la noche más noche. Mayordomo y alcaldes preparan en San Andrés, el
solsticio de invierno, se ajustan las pandas para la larga cabalgata de los
senderos musicales. Allí los alcaldes de
Raíces de Almogía, Jotrón y Lomilla, Los Montes, Santón Pitar, Majallana, las
dos Comares, la del Puerto y hasta veintiséis se han juntado. Alcaldes
dispuestos a la rifa, los juegos y al choque, con sus varillas ornadas
coloreando el aire, ahora el paseíllo, la voz del fandango, la bandera, el trenzaillo,
orden de revezo y rengue, armonía para la fiesta, y unas cuantas moneas para
andurrear los caminos. Alcaldesa, la Melliza que por derecho levantas una panda
de mujeres, y hacéis bailar a los hombres al son que se merecen. Alcaldes
Povea, Raicero, Caliche, Calderón, Rafael por las eternas trochas del recuerdo.
Una melodía cercana,
frágil y suspirada me trae al galán del trino. Paco Maroto, ha sabido juntar en
su violín y en su voz los cantos de todas las galaxias de pajarillos que pueblan las ramas de
Comares. Y Pepito Molina desde niño y tan don José por su saber y compromiso, ha movido con sus notas violineras los
remolinos de arte más altos de nuestra geografía, el baile de “la Vito”. Caja
de música de Santo Pitar.
Paseillo dulce de Juan
Manuel del Pozo y Paco hasta acercarse a los truenos que anuncian una Feria de
Tronío.
Su pergamino lunar con
sonajeras, le sirve al Sardina para despertar a compás el Universo, mientras
las caricias del Luiso hicieron mecerce a los luceros. Panderos grandes en los
Montes, por si la luna se tapa entre montañas y nubes, decir que nunca nos
falta.
Ese vino moscatel de
sol consumado, pisado a son de fiestas, se brindó por todos los confines al
ritmo de los chinchines animosos
de platillos, como saben percutirlos El
Negocio, que hizo el Zorro antes que Antonio Banderas y Victor Luque.
Dos rasgueos sencillos
por uno doble y hoy somos cuatro en la noche de San Juan, frente al crepitar de
la hoguera, madera de palo santo, moradas de mil chicharras a compás con el
pandero. Laúdes, bandurrias y guitarras
de las estirpes moriscas que coronaron la sierra con su desgranar sonoro, que distinguen
el sabor comareño.
Se ajustan las
castañuelas son de lo alto de un cerro apontocado en las nubes, su Comares, por la sutil elegancia de sus giros, por la
discreta pasión de sus miradas,
deslindan un gesto de nobleza, purificado en la herencia del sacrificio
a las diosas madres en los iniciáticos templos de la fiesta axarquica.
Adornado para la voz del verdial el barranco de las adelfas,
sacaba la hondura del fandango de Dolores Gámez (Lolilla), marcada por las
cuerdas del violín de Pepillo Meina. Dicen que María Fernández, cantaora
inigualable, hacía todas las corales que necesitan los ecos de los montes, para
cantar la fiesta a cuatro vientos.
Este serpentear
harmonioso y vibrante se atesoró en la geografía fiestera, ajeno al otro muro,
como bien dice José Luque, sabio conciliario de esta casa, “por lo copioso de
su acompañamiento, evolucionando poco, conservando su naturaleza primitiva, de
una rudeza y autenticidad impresionantes”. Hoy dónde eran siete, son quince los
fiesteros, el rugir de la invención hace tiempo que ha elevado el diapasón de los sonidos.
La buena nueva: Los
verdiales serán el primer bien inmaterial declarado de interés cultural por la
Junta de Andalucía. Los fiesteros han conseguido el merecido lugar de
preferencia, el excepcional creador y estudioso, el amigo Miguel Romero Esteo,
han situado el rito en los años míticos del nacimiento de Europa.
La inabarcable historia
de los verdiales: la falta de certezas
científicas ante una tradición oral que se pierde en los siglos, abre puertas
para que la especulación, delirio y dogma hayan hecho amistad y más que sembrar
sanas dudas y curiosidad, enturbian el discurrir natural y cabal que debe tener
la historia fiestera. Queda mucha investigación profesional por hacer, para
llegar al principio, mucha para conocer el transcurrir en el tiempo, y sobran
aproximaciones y acertajones. Mientras llega todo eso, sigamos viéndonos como
depositarios de una fiesta ancestral, y a los fiesteros como los seres capaces
de meternos en ese túnel del tiempo, con emociones de hoy.
Eran los días de ese
puente festivo de ingeniería impar, que los guasones llaman de la Inmaculada
Constitución, cuando mis amigos Alfonso Queipo y Ängel Luis Cañete, sabedores
del trance que asumía esta noche, me citaron en los montes para emborrizarme de fiesta. Cogí mi coche a
solas, y lo metí por las cuesta de Olías, la noche iba llegando estrellada y
lunera, pero poco a poco una bruma de las que despiertan el más allá, se mecía
entre Venta Cardenas y Venta Galvey, temeroso y con las luces largas más cortas
que nunca, paré el coche en el punto de la casilla de tres caminos, a esperar
para no desbarrancarme.
¡Uo!, oí varias veces a
los lejos, tras ello un graznido severo, un sinfín de caracolas con largos
toques parecían hablarse, ¡uo!, de nuevo, y el graznido irritado. De allá para
acá y por todos los caminos, sones de raveles, violines, laúdes, crótalos,
panderos, guitarras, sonajas, zambombas, maderas, piedras que chocaban, voces
de otras lenguas, letras más cercanas.
Y de entre la niebla,
mujeres y hombres, unos con la piel de chivo, otros con las blancas calzas,
morabitos, ermitaños, guerreros para la danza, vestales y odaliscas, campesinas
maternales, genios de pana y chaleco; los más tocados con sus guirnaldas de
flores, con sus gorras los calderones y los sombreros de tontos con sus
penachos de sol y primavera, y las cintas multicolor que como el arco iris
vuelan por el viento tras una lluvia con sol para lucirse. Me siento rodeado e
impulsado por sus ritmos a proseguir sus caminos entre el pavor y el abandono, caminamos,
por trochas y veredas, entre las ricas vides, y el olor de romero, hasta el
punto del inmenso alcornoque, donde el búho cantor nos había convocado con su ¡Uo!.
Allí se sintió la fiesta en todas sus inmensidades frente al patriarca
emplumado en la descomunal rama, con su cara de mago, con su inmensa mirada, intacta
de todo lo visto.
Un gesto seguro de
alcalde de alcades paró la música, los danzantes se estátuan al rengue, y el
viejo e inmenso búho real baja y con el
pico desprende una gran lámina de corcho, del tronco que exhibe a las ánimas,
en su superficie con rasgos de escritura, con huesos de frutos de acebuche,
palillos de pasa, intuí la escritura de
la primera partitura que atesora lo más grande y profundo de lo bello, la
música. Algo me decía que el destino me había llevado a la conmemoración del
nacimiento de la música entre los Montes de Málaga.
Como todas las quimeras
desaparecen sin dejar rastro, la bruma
se alejó, la luna de nuevo, las estrellas fugaces Alfonso y Angel por el
sendero preocupados me encuentran, y yo con mi silencio seguí la fiesta
sintiendo lo eterno.
Amigas y amigos, les
pido que no busquen el alcornoque, porque ya todo lo he vagado y todos los
troncos están pelados de color rojo, y si escuchan un búho a lo lejos,
ni siquiera le pregunten cuándo nació la música.
Menos mal que si, al “principio era el Verbo”,
para el final tenemos una panda que nos salve. Verdiales para halcones y las
palomas del parque.
Muchas gracias.
Málaga, 19 de
diciembre, 2009
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