Las Moradas de las garnachas


Las Moradas de las garnachas
Se había plantado el mediodía  de Hallowen, con calores de verano, las moscas siguen sus vacaciones impertinentes, y el insobornable olor a los espetos; ya habíamos pasado el mal trago de la charla política, con sorbos frescos. Alguien supo cambiar el rumbo de la conversa, para elogiar la extraordinaria interpretación de Teresa de Ávila, por Concha Velasco.
Venía a cuento, cuándo Pedro Altamirano, siempre obsequioso, sacó de su caja una botella, de dominación de origen Vinos de Madrid,  se leía en la etiqueta, Las Moradas de San Martín, libro ocho de las Luces.
Hablando de Santa Teresa, y leyendo Las Moradas, en la etiqueta, inmediatamente alguien saltó con ironía-“¡Dios está en los espetos!,  -“y no te olvides de la sangre de Cristo que nos trae Pedro”, contestó Juanito con más guasa.
Como siempre nuestro catador, empezó a ilustrarnos con las características del vino, y como andalucista que es por los siete costados, le ofrecí maridarlo con un cocido a la vieja usanza de los que quitaban la canina a nuestros jornaleros históricos. Todo un éxito la invitación.
Llegaron a la cena en los primerizos ocasos del día de los Santos, y el anafre de color añejo ya hacía más de cuatro horas, que venía torturando a la vieja olla, a golpe de soplillo sobre las vivaces ascuas de picón, mientras despedía las chispas estelares en un visto y no visto. La olla desconchada se hacía la remolona ablandando y trabando los garbanzos, las patatas, las habas, la carrillada de ternera, los tocinos y el poquito de jamón fresco.
Pedro abrió las botellas de Las Moradas, para que se tomaran un largo respiro, mientras esperábamos el lento reposar de la candela, mientras la olla exhalaba manjares.
Los cuencos servidos, los brindis renacidos, y entre la tarea de saciarnos, surgieron las admiraciones, por el excepcional maridaje, andaluz-madrileño.
La garnacha de la parcela de La Centella, plantada en 1916, había fermentado en su ser natural, y nos había manantiado desde su barrica de roble, su carácter inolvidable. Su color de picota de amor a primera vista, nos ofrecía, entre cucharadas, unos sorbos, con aroma a confituras de moras, regalices, ciruela, tomillo y romero, sabores sustanciosos y centrados, que persisten como quién está nacido para maridajes inolvidables.
De todo repetimos hasta que nada más que quedaban cuencos y copas para el lavavajillas, que gratísima cena. No me atrevo a recomendar la receta y elaboración del plato que saciaba a los que venían de segar, arar o vendimiar en la Andalucía profunda, de sol a sol, en esta época de los bits con prisa. Si invito a degustar, Las Moradas, Libro  ocho de las Luces, te disparará la alegría de marcarte un chotis con solera.
Curro Flores

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