David Leo y su hermano Pablo


David Leo y su hermano José Pablo
Si te toca un pastón en la lotería o la primitiva, antes no te ocultabas, ahora mejor que no se sepa, salvo cuando la alegría va para  un barrio o una villa, que entonces corre el champán o la sidra con desparpajo entre los agraciados.
Si tú consigues el premio Hiperión de poesía con 17 años, desde tu Málaga natal,  ahí en las cercanías por dónde pasó Rubén Darío, lo conocerá el silencioso boca a boca familiar, las tardes de las lecturas poéticas, y pasarás entre los dimes y diretes de la escuálida tropa de los vates de oficio, que siempre suelen poner una rima de malicia. Encima ya hace tiempo que nos dejó Ángel Caffarena, quién te hubiera editado con quince, por eso de que en sus cuadernos de María Cristina, siempre editaba el primer poema del poeta joven descubierto.
Así, David Leo, a los diez años de su premio literario, decidió no hacer fortuna con los juegos de azar, y entró en la azarosa batalla de ganar el rosco del programa Pasapalabras. Durante varios años se atragantó de saberes eruditos, de los que con suerte te pueden dar la cátedra inocente de los saberes inútiles; persistió y tras una larga temporada en la que le sisaba alguna palabra el resistente rosco, logró con “ranzón” el rescate de su tiempo solitario, entre mamotretos, pantalla de ordenador, y roscones imaginarios, a los piratas de la ignorancia.
Con el tiempo, su sapiencia y simpatía, había creado afición, un día fui testigo en una de esas colas que formamos los humanos, como felicitaron a su padre, al enterarse que su hijo era David, el joven malagueño que epataba con su conocimiento, antes de los telediarios de la noche.
Darle al balón con fortuna es menos selecto, pero da más pasta y popularidad, que aprenderse los profetas menores, los dioses de la mitología griega, etc. Por eso me gusta rendirle homenaje a un antinini, por el que nos sentimos orgulloso, y que será recordado por su palabra poética, y por la excepcional anécdota de ganar el rosco de pasapalabras.
Los padres, estoy convencido, estarán muy felices, pero habrán recibido menos felicitaciones, por el excepcional trabajo, de uno de sus otros hijos, José Pablo García, al quién le acaban de editar en versión historiográfica, -La Guerra Civil Española, de Paul Preston, generoso esfuerzo de dibujo, resuelto con esmerada pulcritud, rigor, ingenio y arte, para hacernos transitar y olvidar los tebeos de hazañas bélicas, facilitándonos la comprensión de la génesis y desarrollo de la más trágica historia vivida por los españoles.
Curro Flores



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