Trescientos mil niños
pasan hambre y los otros “esnortaos”
Mi generación tuvo la
excusa de tener la cabrillas perdidas entre el dogma de la Inmaculada, el vuelo
del Espíritu Santo o soñar un paseo en el
crucero zoo del Arca de Noé. Lo más práctico que conocimos es la
escritura de la carta a los Reyes, pero tuvimos la suerte que no se hacían los
informes Pisa, y el repartidor de pizza ni estaba ni se le esperaba.
Los chavales actuales
que se guasean con el móvil entre pupitre y pupitre, que se pueden pasar un
finde entre cuatro paredes dejando sus huellas sobre los aparatitos
electrónicos a velocidad de vértigo; que si se corta la luz hasta pueden averiguar
que sus padres son muy majos. No han
aprendido de cómo se manipula el aire acondicionado, ni como se llega por el
camino más rápido en los trayectos de metro. También los hay que se ponen el
chándal para los juegos deportivos del ordenador, y los pijamas limpitos para
el cole. Los desafortunados hambrientos ni se prestan para llevarle a su abuela
el carrito al banco de alimentos, aunque son los primeros en desvalijarlos.
Visto el plan y
descontando los pijos, los cerebritos, y los de colegios de toda la vida de
dios que tanto gustan a Wert y su ayudanta, se nos queda que nuestros niños en
general sufren menos que los de
Singapore o Corea, quienes por la
tensión escolar llegan hasta la vía del suicidio. Los nuestros pueden llegar a
ser los números unos en sangre gorda, y
son unos rezagados en todo lo que se refiere a ser gente aprovechable.
Las carencias sabemos
dónde están, las soluciones también las conocemos, pero mientras los padres se
interesan por los gemelos de Messi o Critiano Ronaldo, y las madres releen las
obras completas de Belén Esteban, nuestro ministro del ramo y legisladores se
entretienen con nuevas leyes de educación como si fueran depositarios de algo
más que algunas perogrulladas ideológicas, soflamillas nacionalistas y
nacionalcatolicistas.
La prueba del nueve de
todos estos despropósitos no se debe leer en el informe Pisa, que solo servirá
durante un par de días para echarse en cara el examen de conciencia a la
española, es decir, echarle la culpa al resto de la manada de haber confundido
el paso. Unos quieren recurrir a los reglazos y pescozones, otros a las
memorizaciones de los reyes godos y los profetas menores.
Pero la oscura realidad
es que dónde vamos disparados y somos campeones es en contar los billetes en
negro con nocturnidad y alevosía. Como de costumbre, eso acelera el discurso
barato de los que viven en “b” son los parados, que superviven con ese
miserable placebo que los aleja de la movilización social; cuando lo cierto es
que los que se aprovechan en el 72% del dinero de ocultación al fisco son las
grandes empresas y fortunas, que nos prefieren no instruidos para hacernos
temerosos de Rouco e incapaces de cantarles las cuarenta a los responsables de
tanto desaguisado.
Curro Flores
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