La encina del inglés


La encina del inglés en Banu-rabbah
Voy camino de Benarrabá con Miguel Ramos, empeñado como está con unos amigos de este pueblo serrano, en acometer su cuarto libro sobre la memoria histórica novelada de los pueblos de la provincia de Málaga: despertar conciencias, rendir justicia como solo su humanidad, ética y emoción estética sabe hacer.
El paisaje de la Costa del Sol ha pasado entre cháchara amistosa, cuando ya nos adentramos hacia la geografía interior diciendo adiós a las gaviotas, para otear el buitre del Cañón de las buitreras, el bosque, imaginar sus misterios y desvelar las realidades de 1936 en “Un bosque de dolor”.
Encinas y alcornoques incontables que nos llevan al encuentro con Antonia Barroso y Javier Ramos en la Plaza de la Veracruz, nos llevan al hotel de Banu-rabbah, antiguo nombre árabe del pueblo, dónde tienen previsto que almorcemos para sahumar nuestros sentidos del todo bosque rondeño.
Siguen la conversa de aquella tristísima conmoción sin despistar detalles, anota que te anota Miguel, mientras las aliñás y las cañas. El camarero se hace más presente, seguimos sus consejos, y la orientación de Javier en las entrañas culinarias de  la Serranía: jamón de cochino ibérico -saciado de bellotas, revueltos de setas  de esos bosques y morcillas al vapor, y salmorejo de conejo.
Los amigos serranos nos quisieron sorprender con un vino –La encina del inglés, de la tierra-Sierra de Málaga de denominación de origen, que según nos aconsejaron y más que comprobamos maridaba, excepcionalmente con las viandas.
El vino del grupo Perelada procedente de la finca de La Melonera, rendía homenaje con su nombre a los viajeros románticos y al paisaje a través de la Ruta de los Ingleses, de Gibraltar a la Puerta de Almocabar de Ronda. Nosotros nos encontrábamos en el ecuador de la misma, confortablemente animados.
Benarrabá supimos estaba en el Guinness de los records desde febrero de 2014, por haber elaborado un plato de jamón de 50 metros cuadrados, cortados primorosamente por dos centenas de magistrales cortadores que se dieron cita para la ocasión, hazaña de un pueblo encalado de 521 habitantes, al mismo tanto de altura sobre el nivel del mar. El jamón que nos sirvieron, como finas banderas rojas, rosas y blancas, supo de los primeros sorbos frescos de un tinto de color cereza, sabor a bosque en estado puro.
La garnacha dominadora en perfecto equilibrio con la syrah en el 40 por ciento, dejaban una huella perfecta de su crecimiento herbáceo de sotomonte sobre una mineralidad esencial. Las setas y la morcilla excepcionales, se bañaron en nuestros paladares como una profunda savia vital, de excelente vecindad.
La encina del inglés, miró en confianza  al salmorejo de conejo, su disimulada alta graduación, nos confió más amistad, y mientras el excelente bocado, el sorbo infinito dónde la especie y las frutas del bosque sellaban un recuerdo inolvidable de olfato ganado por lo selecto.
Postre de castañas, besos, abrazos y compromisos, unas lágrimas tintadas en rojo en las copas vacías nos dicen adiós. Después en mi biblioteca un libro a propósito por el fantástico encuentro, esclarecedor, del viejo amigo desaparecido, Francisco Garrido: “Ronda, eterna sugestión de viajeros”. Lectura, comidas y copas inolvidables.
Francisco Flores





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