Conocí de la poesía de
Ana Repullo, una de aquellas mañanas en las que por mi afición heredada a la
costura, me acercaba a ver a su padre José para conocer del buen hacer camisero
de la Cooperativa de Cuevas de San Marcos.
En el “aquí pallá” de
conocernos más y amistarnos, aparecían siempre los comentarios a la política y
a la cultura. Entre corte y confección, más amistades, surgió la poesía. Un padre tan dubitativo como
orgulloso, puso en mis manos esos temidos folios de poemas primerizos de su
hija, aficionada a escribir desde muy pequeña. Acerqué mis ojos por
respeto con y cariño, pero mi mente
escrutaba con la arrogancia del cansino traficar con los ideales poéticos de
muchos conocidos que se estrellaron con las palabras, la rima, con las silabas
contadas, con la música, pero por encima de todo con su insipidez en las
cuestiones humanas.
Sorpresivamente Ana, a
sus doce años, con su don me invitó a leerla, guardarla y repensarla
emocionado. La niña no se arrimó al papel para colorearlo, para imitar o para
deletrear las siestas de sus sueños infantiles. En ella convivía ese espíritu
genial en el que anidan y vuelan las conmociones.
No era un balbuceo
feliz del alma, era la cúspide y lo profundo, todas las entretelas. Era la
esencia que se da en los genios de las matemáticas, de la música, de la
profecía, de la exactitud, del misterio. En ella la poesía.
Tiene diecisiete años
ahora, su gente ha querido reunir esta gavilla de versos de sus numerosos
premios poéticos. Sé que te llevaran de la admiración al desasosiego; de la
solidaridad y la esperanza al destino más diabólico de la existencia. No
malograrás tu empeño porque se ofrece desnuda el alma infantil y juvenil con
una madurez que ilumina todas las esencias de la vida.
Escribo estas líneas de
afecto y homenajes, sin su pericia, en el sur de su provincia, rodeado por mar
y montaña, en un jardín repleto de jaramagos de ladrillo. Ella desde el norte,
en Cuevas Altas, con su horizonte de pantano espejo y olivos eternos, en las
grutas del mito órfico y mulares trasegantes, hace resplandecer su ritmo
interior y las luces de sus cielos enveredados en noches al sereno.
Por los otoñales
bosques históricos de su comarca, no solo convivió la voz del arreo, la fatiga
o el mutis de la caza. Se sintió el eco de la fiesta, del amor, de la trágica
pasión, del ocaso y del despertar a la vida. Esos ecos poéticos que ponen
palabras en la sinfónica de pájaros que arrebataron a Ana.
La poetisa es dueña de
ti y la palabra, repetirás como jaculatorias de devoción su canto morador de
belleza, que se mecerá por los vientos hasta el más allá de los humanos. Su
comunidad tiene la suerte de acunarla, vivirla y conocerla. Sé que el mundo
conocerá siempre aquel día en que Ana embridó su alma en el papel y arrebató.
Yo he tenido la suerte de ser testigo amigo, me cabe esa
posibilidad de contarlo en cada esquina, como uno de esos galardones que
presumimos de nuestras exitencia. Me halaga poder escribirlo en estas palabras
perdidas entre la profunda melodía de su libro.
Francisco Flores
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