UN LIBRO PARA QUEMAR


Un libro para quemar
A Mohammed Atta, el jefe terrorista auto inmolado, se le quedó su cuerpo como cenizas volátiles para  viento, escoba y fregona, ni tan siquiera con gusanos que pudiera exhibir ante  las huríes esperadas en el paraíso de Ala. Él y los suyos consumaron  la masacre más triste y llamativa, 2752 victimas en las Torres Gemelas. Once de septiembre de 2001, plegaria para su evocación, el silencio.
Un tal ministro Jones, pistola en ristre, pastor de la fe de cincuenta seguidores, ha conseguido llamar la atención mundial y provocar nuestra irritación casi apurada por la crisis. El siniestro pastor, colmado de esa cólera divina que da la creencia, anunció  que se proponía quemar El Corán, en número todavía indeterminado por las crónicas,  preventivamente los bomberos locales le habían prohibido la fogata.  Por suerte esos bomberos no eran los que quemaban los libros como los de la novela distópica “Fahrenheit 451”, libro tan recomendable  estos días para evitar pavesas de provocación e ignorancia.
El “efecto mariposa” provocado  que ha conseguido es de los de altos vuelos, no era para menos en el actual estado de las sensibilidades, y la noticia  lastimosa ha desatado la apropiada crisis psicótica. El ministro de Defensa  estadounidense, sin fe ni esperanza, llamó al pastor inquisitorial para que modere su discurso incendiario y evitar poner en riesgo sus peligrosas tropas.
Mientras todo esto sucede el ilocalizable Bin Laden, lleva nueve años en paradero desconocido, el rastro de desgracias que dejan sus terroristas, no encuentra olfato que lo delate, ni ingenio que lo descubra.
Lo de las Azores has sido un fiasco sin medida, sus autores nos han hecho pagar la salvajada iraquí: cacería, carnicería, devastación, discrepancia, el mundo de los adjetivos quizás sea corto para tanta desazón. Fuera ya del poder, sus responsables, se permiten salmodias de justificación ante sus circuitos  de fieles, allá dónde el atril es tan intolerante como el de la Iglesia de Terry Jones o la madraza afgana.  Blair que fuera  nuestra esperanza, pasea su fraude, obligado a suspender  el periplo de  firmas  de su biografía, debido a la acritud que provoca en los parroquianos  ingleses.
Afganistán, Pakistán, Oriente Medio, El Sahel.., en cualquier parte que  queramos  poner el huevo han anidado las serpientes, nueve años desgranan a la vista las  tragedias humanas, y son  fértilmente  soliviantadas  por el manto de unas creencias devastadoras.
La novena conmemoración de la tragedia está presidida por el miedo, no solamente  por las discordias. Las venganzas, escarmientos en guerras y Guantánamo me invitan al silencio de los corderos. De la asociación del rifle o no,  a los medios de transporte  universales nos llevan controlados hasta los tuétanos. Miramos al prójimo de tez oscura como sospechoso y deslegitimado de los valores  de libertad  y democracia, enseñoreados a la par que perdidos en la lucha contra el terror
Menos mal que en plena crisis y desde su misma raíz financiera, el capitalismo nos propone otra buena nueva. El inmobiliario Trump quiere comprar el espacio de la Zona Cero, dónde se pretende construir la Córdoba House, origen de la discordia conmemorativa. Cuanto me temo que al final sea un problema de propiedad y ganancias.
Sigo mirando en las estanterías de libros y montones correspondientes, para encontrar algún libro a chamuscar, pero no vislumbro una línea, loca o cuerda, que me incite a someterla a los 233 grados de calor necesarios para convertirla en ceniza. La verdad es que no me siento llamado a la fama por esa forma de intolerancia. Silencio.
Curro Flores
11 de septiembre de 2010





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