XIII Lunas al Sol
El mundo de la amistad
da para el buen cobijo. La poca lluvia que se ha ido, quedan los vientos, la
solana fiera del pejuar dormido, la hora de retraso de la luna hasta que coja
pie para el otoño, la inmensidad de los olivos que se inquietan al sin fin del
primer grillo. Todo debió trascurrir hasta el camino de la siesta ciega en el
norte de la provincia de Málaga, dónde las uvas vienen en botella, y el aceite
brota en cataratas.
El amigo Pedro
Altamirano en sus ejercicios severos de enseñar a catar, conductor excepcional
en el inconmensurable mundo de tinajas y barricas de vino, nos tenía preparada
una sorpresa de esas que por buenaventura nos llegan de sus manos a nuestro
paladar.
La mesa que recuerde de
siete comensales, compartida entre fervores y fulgurantes destellos de simpatías,
todos a una o a varias: aceitunas
hojiblanca de la tierra aliñadas con esmero, porra en lebrillo artesano, su
mijitas del para acá y para allá del ibérico, y el olor a espárragos que estaba
dejando la preparación del majaillo en la forma tradicional de las Algaidas, al
que esperaba la coronación con huevos cuajados de gallina contenta, esas que
cacarean por el campo entre trigo y saltamontes.
Una vez las fuentes de
majaillo repartidas, Pedro sacó de un capacho pop, una botella de XIII Lunas,
el vino que quería que disfrutáramos en el encuentro y que para todos el resto era desconocido. Abrió la botella,
las que después serían casi una docena, y nos
sirvió las copas que saboreamos con placer, con el fin incitarnos a los
comentarios.
No sé si los más
severos o los más atrevidos, pero siempre encomiablemente se despejaron incógnitas de su ciclo anual en
la tinaja, casi conmemorando el rigor matemático del calendario maya de las trece lunas, el equilibrio entre
la garnacha y la tempranillo, la ágil forma de demandarse por su frescura en la
boca y un aroma que prende, ese toque cercano a fruta del bosque, esa pizquilla
de pimienta blanca de la uva picante.
Los espárragos
mimosamente cogidos, tras el día de lluvia, entre las alcaparras, los
incipientes caldos borriqueros y las espigas, trasegaron con su sabor amargo
con la moderna vitalidad afrutada de los sorbos de XIII Lunas de las bodegas
Fin de Siglo de Perelada, a pedir de boca un maridaje de nuevos conocidos y
viejos sabores, qué quién sabe si por los cantes de ida y vuelta de la
tempranillo, algunas vez se encontraron los parientes lejanos entre las maderas
de los árboles de las Algaidas, la de los Siete Claros del Bosque, que se
fueron al Nuevo Mundo. La lechuza más longeva que nos observaba entre el ramaje
quizás lo sepa.
Ya era la siesta o la charla, nunca se sabe tras
el banquete, pero al rato a duermevela, vi como la claridad nítida, como cada
una de las trece lunas guiñaba al sol que se les iba para volverse en un amor
del norte a sur.
Curro Flores
No hay comentarios:
Publicar un comentario