Discoteca de clausura
La madrugada del 14 de
Julio de la discoteca Olivia Valere, fueron expulsados 150 jóvenes, por pasarse
de pandemia. No se comenta en la noticia, si los identificaron, si fueron
propuestos para sanción por no guardar ninguna de las normas que soporta cualquier
españolito: mascarilla, distancia en recinto cerrado y etcéteras sanitaria. Los
“malandrines”, es decir, esos jóvenes, necesitaban desfogar, como gustó decir
la señora Discoteca, tantos días encerrados invitan a mover el esqueleto y a degustar
champán y coca rosé, cosas de “riquines”.
Doña Olivia tiene una
de esos locales en los que no he estado, ni se me aguarda, de esos tugurios
caros de la jet marbellí, nacido en la época de Jesús Gil, el “San Caco”,
patrono de los saqueadores municipales, la licencia no tuvo el máster en
Derecho Administrativo, y se obró con tanta premura, que el día de la
inauguración estaba hecho un tugurio, y más de algunos de sus ilustres
invitados se puso pingando sus mocasines de charol de cemento fresco, algunos
de ellos constructores, supieron lo que es llenarse las calzas de la obra, y no
los bolsillos de los chanchullos.
Pero al caso, la Olivia
Valere, con cinco puertas, es muy difícil de guardar, y más si actúa el rapero Soolking,
que debe ser la repera cantando y bailando, ya que aparte de venderse el aforo
permitido, consiguió una avalancha de fieles de los que sueltan por las calles
de Pamplona.
Lo curioso es que la
discoteca tiene 22 guardaespaldas, a más de cuatro por puerta y, según tamaño,
abultan por más de cinco, no sé si estaban desfilando, o se habían ido todos al
baño a la vez, pero, no se me ocurre como se les pudieron colar los 150. En mi
vida pública y de gestor he organizado más de un ciento de espectáculos,
algunos con aforos de estadios y auditorios, y con porteros normalitos, más
escasos servicios de seguridad, se celebraban sin el más mínimo incidente, un
poquito de bulla en los de “heavy metal”, algún colón o colona que desaprensivamente
caían en los corrales de la plaza de toros a pique de un repique, pero por la
puerta ni el tato dejaba de guardar la cola y mostrar su entrada.
Las autoridades tienen
la información y el expediente andando, lo más seguro ante tanto virus, el
episodio pasará como una culebrilla de verano, pero tanta laxitud de una
profesional del alto standing del turismo, se merece una tarjeta roja, y un
poquito de cierre, sin ertes, para que su bolsillo sean los que paguen las
consecuencias.
Curro Flores
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