El lento desaparecer de
la broza
Hoy en la mesa ni en
los postres se hablará de Rato y tantos otros más que se mecieron con
arrogancia en las ubérrimas ubres en el periodo de los billetes de quinientos
euros y las tarjetas negras, poco a poco la broza se desmonta y trata de
apilarse para alimentar la fogata, aunque las más señaladas hojarascas se resisten a recogerse tomando el viento
dónde se montan los ecos de sus
zafiedades.
La mesa guarda una
discreción, nadie se atreve a nombrar la cuerda en la casa del ahorcado y se va
pasando página con sabor a enebro y burbuja de tónica, el güisqui escocés de
doce años ha sido sustituido por el gin tonic desde que la cuenta se paga a
escote y a tocateja.
Desde que el sinfín del
caso Malaya agoniza en la voz de una tonadillera, los sumarios bautizados por la poli se amontonan al
infinito y empaquetan los nombres propios de los más impropios de nuestros
representantes, empresarios de empresarios, amigotes, sindicaletes y hasta nos
aparece el niño Nicolás capaz de hacer un selfie con el papa Francisco volando
en la Capilla Sixtina.
-¿Tienes suelto para la
propina? -¿Cuánto dejamos? Y todo trata de seguir como si nada hubiera pasado,
pero nada más que queda un todoterreno
para acarrearlos a todos, de esos que nunca pasaron entre las ramas de los
olivos y tienen restos de obra abandonada
entre sus guardabarros y próximo a buscar un chatarrero. Uno de los
cinco conserva la insignia nacional en correa del reloj, los otros han empeñado
el rolex.
En la cola el hambre
busca avalistas para el banco de alimento, su desbroce fue más fácil, los más
adelantado recibieron un correo electrónico de despido, los otros un papel de
no vuelva Vd. mañana. Los tratan como la broza incógnita pero nadie puede
detener el volumen de su apilamiento.
Los retoños que pueden
quiere brotar en la lejanía del erial natal, los demás se nos quedan de
estudiantes y de saltiempleos en
permanente expectativa de destino, más nuestros ninis que han pasado de la
buena crianza a gran reserva.
La broza mayor va
pasando de los sumarios a los titulares hasta agotar su existencia, ésta se
apila en papel, hasta que el torbellino de las
nuevas noticias apaga sus ecos. Pero el mal sigue pareciendo eterno.
Como siempre renovamos
las esperanzas y nos aparecen nuevos líderes,
pero que triste que sigo releyendo para mi regusto nacional el macro volumen de
cabecera de la selección de nuestra novela picaresca del Siglo de Oro, y vuelvo
insurgentes mis ojos con los caprichos de Goya. No debo dimitir de todo esto,
porque no es costumbre y seguro que en la ventanilla de dimisión me darán de
bruces con - “un vuelva Vd. mañana”.
Curro Flores
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