PREGÓN DE VERDIALES DE Francisco Flores en la PEÑA DE JUAN BREVA
Fiesteros y
fiesteras, y aficionados/as a la Fiesta
Nuestros amigos de la
Peña Juan Breva, han querido que ocupe
plaza de honor de pregonero de la cuarenta y una Semana de Verdiales. Esta elección la parió la camaradería, la amistad y el buen trato.
En este lugar tan
singular de nuestra ciudad, donde se enseña que “escuchar es un arte”, trato de
rendir culto, de un modo personal, al
más longevo de nuestros bienes culturales, no sé si sabré restituir lo mucho
que me han dado en lo público y en lo privado los fiesteros y fiesteras, los
verdiales.
De nacer dos veces o tres, cuánto haga falta, no me canso
del mundo, quiero una infancia feraz y
saltarina en los Montes de Málaga, en partíos fiesteros, dónde la angustia de
subir una trocha cargado de canasto de uvas o un saquillo de almendras, dan aliento, para llenar los ecos montunos de alegría festiva: grandeza de
alpargatas endurecidas en el barro, pana raída y tomizas de hilillos acomodadas
a la cintura, para que no se traben las
vergüenzas.
A los niños de la hoya de Málaga de limo sucio, tierra garrapiñada y casas desvencijadas, de olor a
faena de arenques, les era difícil saber del horizonte más allá del “Monte
Coronao”, de la matanza, del lomo
adobao, del pan cateto, del vino de los montes y de los roscos de matalahúga.
Fueron los tantanes y chinchines de los panderos y
platillos de tontos y tragaeras
(fiesteros que no pedían para las ánimas, sino para ellos mismos), que ya
bajaron de la Ermita de los Dolores, de
Venta Alegre hasta la Venta del Tunel, por orden del señor
alcalde de los sesenta, surcando su discurrir veredero tras los abanderaos, los
alcaldes de las pandas y los reclamos de las caracolas, los que cada 28 de
diciembre nos convocaban a la diversión que nos apicaraba y divertía a los jóvenes al ritmo del pasado
ignoto.
El calendario lúdico de los sesenta y setenta del siglo
pasado, más escueto que el actual dónde
al botellón le faltan días de la semana, tenía dos fechas llamativas para
convocarnos a la comunidad jaranera: la primera el 28 de diciembre “día de los
inocentes” a ritmos de nuestra fiesta de verdiales, y el sábado de gloria en el
que a las 12 de la noche se abrían las discotecas encuaresmadas durante la
Pasión y nos acogían a trotar y desfogar
con nuestras primeras turistas
torremolineras a ritmo de rock. Pasado y futuro de nuestro buen solar al sol para la fiesta. Cultura de
masas, masas en la cultura.
“Las escuelas municipales de verdiales intentan recuperar el
folclore malagueño”, titular animoso
de un periódico del 8 de junio, de
1986. Esta peña en el callejón del Picador, presidida por el añorado Alberto
Cuevas, acordó con la autoridad municipal, promocionar y potenciar la fiesta entre la juventud, por
aquellos distritos dónde se habían
asentado las comunidades fiesteras. Ese fue el primer paso, algo ha
llovido, hoy podemos decir en calle
Ramón Franquelo, con la nocturnidad que le es propia y sin alevosía, que José
Gómez Santiago, presidente de las pandas verdialeras, rige el destino de ocho de estas escuelas,
que tienen 599 alumnos en 2009 y que el 28 de diciembre, siete nuevas pandas
concursarán gracias a ellas, este es el resultado de lo que fuera aquella
nuestra primera iniciativa en el Puerto de la Torre con Bernardo y su hermana.
La”riá” empezó a deslizarse mucho antes: lagares que
desaparecían, ermitas derruídas, ventas obligadas a adecuar su negocio a los
nuevos tiempos, casillas abandonadas, montes para soñar los montes a solas.
Seres de la vida rural injertados en la
economía de la urbe. El mundo de la fiesta deslocalizado. La filoxera ya había
secado la sangre vital de los Montes, nuestro vino, el goteo del insistente
cantarillo del progreso se encargó del resto.
Hoy, ya es hoy de muchas maneras, pero la esencia que
personas de excepción como el verdialero alcalde de alcaldes Antonio Fernández
Povea, y los Enrique España, Rafael Santiago, Adolfo y tantos otros, nos
supieron entregar y mostrar, su manera de sentir, sus modos de vida, su manera
de emocionar y emocionarnos, sus lucidas formas musicales, fueron el arranque
para un acercamiento participado y menos invasivo de lo que en esta época se
hace con otras expresiones folclóricas.
Quizás fue muy pretencioso llamarlo Escuela, dónde no había
habido más que transmisión oral, pero ni
la uniformidad escolástica las ha invadido, como algunos creían, ni el muermo
las ha cegado; esos lugares de transmisión fiestera, pueden presumir de jóvenes
de ayer, jóvenes de hoy, niños y niñas,
que saben armar la fiesta e interpretar
el verdial con fuerza montuna, original viveza cateta y singularidad expresiva
en sus modos interpretativos.
No imitan porque saben, emulan porque pueden, y respetan
sobre todo el legado de sus mayores. Mañana que ya es hoy de “El Hombrecillo” y
“El niño de Juan Moreno”
Aunque la bandera como tal ha estado expuesta alguna vez a las
reyertas entre los mal avenidos, quienes la portan abanderadas y abanderados,
nos han embelesado con gracia y donaire, jugando a la perdiz y la ardilla con
ritmo endiablado, driblando los jarales: Candelaria, María Gracia y María José:
os vi crecer, mientras vuestro padre, el inigualable Pepe Salazar, (alcalde
Zeus), pavoneaba el aire con su vara para vuestro baile del Coto de las Tres
Hermanas; las Tres Gracias del Olimpo
fiestero: festividad, belleza y júbilo.
Antaño en la Ermita, el pagado ermitaño, aprendió en su
refugio a tocar la caracola y a decir aquí estoy. Dicen que vino del mar,
despechado por el desamor de una sirena, allí conoció el concierto a son
de caracolas, desde entonces el santón a
lo lejos, decía “sueño con tu mar en la
boca” y emitía un sonido de llanto amoroso que quebraba el alma. Esos besos
lejanos enseñaron a la fiesta a decir “aquí estoy”, caminando por las olas de
piedra, anunciados por la voz de la
caracola, majestad y hechizo de todas
las arquitecturas.
En el campo todo se vuelve saturnal; el rito para la fiesta
es un volver y volver con los astros, un resucitar de la cosecha, calostro,
miel, almendra, uva, aceituna; vino y
aceite para encender el alma y los candiles en la noche más noche. Mayordomo y
alcaldes preparan en San Andrés, el solsticio de invierno, se ajustan las
pandas para la larga cabalgata de los senderos musicales. Allí los alcaldes de Raíces de Almogía, Jotrón y
Lomilla, Los Montes, Santón Pitar, Majallana, las dos Comares, la del Puerto y
hasta veintiséis se han juntado. Alcaldes dispuestos a la rifa, los juegos y al
choque, con sus varillas ornadas coloreando el aire, ahora el paseíllo, la voz
del fandango, la bandera, el trenzaillo, orden de revezo y rengue, armonía para
la fiesta, y unas cuantas moneas para andurrear los caminos. Alcaldesa, la
Melliza que por derecho levantas una panda de mujeres, y hacéis bailar a los
hombres al son que se merecen. Alcaldes Povea, Raicero, Caliche, Calderón,
Rafael por las eternas trochas del recuerdo.
Una melodía cercana, frágil y suspirada me trae al galán del
trino. Paco Maroto, ha sabido juntar en su violín y en su voz los cantos de
todas las galaxias de pajarillos que
pueblan las ramas de Comares. Y Pepito Molina desde niño y tan don José por su
saber y compromiso, ha movido con sus
notas violineras los remolinos de arte más altos de nuestra geografía, el baile
de “la Vito”. Caja de música de Santo Pitar.
Paseillo dulce de Juan Manuel del Pozo y Paco hasta
acercarse a los truenos que anuncian una Feria de Tronío.
Su pergamino lunar con sonajeras, le sirve al Sardina para
despertar a compás el Universo, mientras las caricias del Luiso hicieron
mecerce a los luceros. Panderos grandes en los Montes, por si la luna se tapa
entre montañas y nubes, decir que nunca nos falta.
Ese vino moscatel de sol consumado, pisado a son de fiestas,
se brindó por todos los confines al ritmo de
los chinchines animosos de platillos, como saben percutirlos El Negocio, que hizo el Zorro antes que
Antonio Banderas y Victor Luque.
Dos rasgueos sencillos por uno doble y hoy somos cuatro en
la noche de San Juan, frente al crepitar de la hoguera, madera de palo
santo, moradas de mil chicharras a
compás con el pandero. Laúdes,
bandurrias y guitarras de las estirpes moriscas que coronaron la sierra con su
desgranar sonoro, que distinguen el sabor comareño.
Se ajustan las castañuelas son de lo alto de un cerro
apontocado en las nubes, su Comares, por
la sutil elegancia de sus giros, por la discreta pasión de sus miradas, deslindan un gesto de nobleza, purificado en
la herencia del sacrificio a las diosas madres en los iniciáticos templos de la
fiesta axarquica.
Adornado para la voz
del verdial el barranco de las adelfas, sacaba la hondura del fandango de
Dolores Gámez (Lolilla), marcada por las cuerdas del violín de Pepillo Meina.
Dicen que María Fernández, cantaora inigualable, hacía todas las corales que
necesitan los ecos de los montes, para cantar la fiesta a cuatro vientos.
Este serpentear harmonioso y vibrante se atesoró en la
geografía fiestera, ajeno al otro muro, como bien dice José Luque, sabio
conciliario de esta casa, “por lo copioso de su acompañamiento, evolucionando
poco, conservando su naturaleza primitiva, de una rudeza y autenticidad
impresionantes”. Hoy dónde eran siete, son quince los fiesteros, el rugir de la
invención hace tiempo que ha elevado el
diapasón de los sonidos.
La buena nueva: Los verdiales serán el primer bien
inmaterial declarado de interés cultural por la Junta de Andalucía. Los
fiesteros han conseguido el merecido lugar de preferencia, el excepcional
creador y estudioso, el amigo Miguel Romero Esteo, han situado el rito en los
años míticos del nacimiento de Europa.
La inabarcable historia de los verdiales: la falta de
certezas científicas ante una tradición
oral que se pierde en los siglos, abre puertas para que la especulación,
delirio y dogma hayan hecho amistad y más que sembrar sanas dudas y curiosidad,
enturbian el discurrir natural y cabal que debe tener la historia fiestera.
Queda mucha investigación profesional por hacer, para llegar al principio,
mucha para conocer el transcurrir en el tiempo, y sobran aproximaciones y
acertajones. Mientras llega todo eso, sigamos viéndonos como depositarios de
una fiesta ancestral, y a los fiesteros como los seres capaces de meternos en
ese túnel del tiempo, con emociones de hoy.
Eran los días de ese puente festivo de ingeniería impar, que
los guasones llaman de la Inmaculada Constitución, cuando mis amigos Alfonso
Queipo y Ängel Luis Cañete, sabedores del trance que asumía esta noche, me
citaron en los montes para emborrizarme
de fiesta. Cogí mi coche a solas, y lo metí por las cuesta de Olías, la noche
iba llegando estrellada y lunera, pero poco a poco una bruma de las que despiertan
el más allá, se mecía entre Venta Cardenas y Venta Galvey, temeroso y con las
luces largas más cortas que nunca, paré el coche en el punto de la casilla de
tres caminos, a esperar para no desbarrancarme.
¡Uo!, oí varias veces a los lejos, tras ello un graznido
severo, un sinfín de caracolas con largos toques parecían hablarse, ¡uo!, de
nuevo, y el graznido irritado. De allá para acá y por todos los caminos, sones
de raveles, violines, laúdes, crótalos, panderos, guitarras, sonajas,
zambombas, maderas, piedras que chocaban, voces de otras lenguas, letras más
cercanas.
Y de entre la niebla, mujeres y hombres, unos con la piel de
chivo, otros con las blancas calzas, morabitos, ermitaños, guerreros para la
danza, vestales y odaliscas, campesinas maternales, genios de pana y chaleco;
los más tocados con sus guirnaldas de flores, con sus gorras los calderones y
los sombreros de tontos con sus penachos de sol y primavera, y las cintas
multicolor que como el arco iris vuelan por el viento tras una lluvia con sol
para lucirse. Me siento rodeado e impulsado por sus ritmos a proseguir sus
caminos entre el pavor y el abandono, caminamos, por trochas y veredas, entre
las ricas vides, y el olor de romero, hasta el punto del inmenso alcornoque,
donde el búho cantor nos había convocado con su ¡Uo!. Allí se sintió la fiesta
en todas sus inmensidades frente al patriarca emplumado en la descomunal rama,
con su cara de mago, con su inmensa mirada, intacta de todo lo visto.
Un gesto seguro de alcalde de alcades paró la música, los
danzantes se estátuan al rengue, y el viejo
e inmenso búho real baja y con el pico desprende una gran lámina de
corcho, del tronco que exhibe a las ánimas, en su superficie con rasgos de
escritura, con huesos de frutos de acebuche, palillos de pasa, intuí la
escritura de la primera partitura que
atesora lo más grande y profundo de lo bello, la música. Algo me decía que el
destino me había llevado a la conmemoración del nacimiento de la música entre
los Montes de Málaga.
Como todas las quimeras
desaparecen sin dejar rastro, la bruma se alejó, la luna de nuevo, las estrellas
fugaces Alfonso y Angel por el sendero preocupados me encuentran, y yo con mi
silencio seguí la fiesta sintiendo lo eterno.
Amigas y amigos, les pido que no busquen el alcornoque,
porque ya todo lo he vagado y todos
los troncos están pelados de color rojo,
y si escuchan un búho a lo lejos, ni siquiera le pregunten cuándo nació la
música.
Menos mal que si, al
“principio era el Verbo”, para el final tenemos una panda que nos salve.
Verdiales para halcones y las palomas del parque.
Muchas gracias.
Curro Flores
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