Yo seré tus ojos
Hoy las noticias que
nos llegan de Misrata (Libia) son más pesimistas, pero ya el Viernes Santos
iniciábamos nuestro Vía Crucis informativo sustraídos por las imágenes de Tim
Hetherigton y Chris Hondros, fotógrafos
de prensa muertos en acto de
servicio en la ciudad sitiada, por esa desconcertante vocación humana de ser
nuestros ojos en el calvario libio, y anteriormente en cualquiera de las
contiendas que nos mantenían en vilo sobre nuestra propia condición.
Por esas coincidencias
extrañas del destino, un día antes volvía a ver EL
REPORTERO, la película de Antonioni, con unos jóvenes Jack Nicholson y
María Schneider como protagonistas. La huida del reportero que encarna
Nicholson, inmerso en un conflicto en el norte de África y en sus circunstancias vitales.
Las cámaras que dirigía
el cineasta italiano nos precisan con singular belleza e inquietud, el paisaje
de Málaga, Almería y Osuna de mediados de los setenta. Aunque sólo fuera por
estas imágenes podíamos aseverar la frase de Alfonso Guerra, “el día que nos
vayamos no va a conocer a España ni la madre que la parió”. El erial se nos muestra
con luz cegadora y entre polvo, greda,
encalados desconchones, y paisanajes dignos ataviados de remiendo y negro.
Para los buscadores de
raros lances, entre los extras de la película encontramos a Joan Gaspart, el
controvertido ex presidente culé, en el noble ejercicio de recepcionista de
hotel, atendiendo con amabilidad y destreza a la Schneider. ¿Quién nos iba a
decir que el fecundo propietario hostelero nos iba a deparar esta sorpresa?
Los
gritos del silencio, Los años que vivimos peligrosamente, Las flores de
Harrison, Territorio Comanche, Grita libertad, La sombra del cazador, War
Photographer, Redacted y tantas otras
películas han tratado de interesarnos en sus metrajes por la singular figura del reportero de guerra. Pero
con dificultad podemos transitar en la naturaleza de unos seres dispuestos a
acercarnos las instantáneas demoledoras
de la realidad bélica.
Los que he conocido,
libérrimos entusiastas de la verdad sin embargo, eran muy normales, se la
habían jugado muchas veces, se hace
extraño compararlos con los protagonistas cinematográficos; sabían ocultar con
la noble distancia de lo vivido, su talante especial y la semilla ideológica que
los regía. A Gervasio Sánchez le oí
desentrañar sus experiencias, “sentimos miedo, nos indignamos y se nos inundan
los ojos de lágrimas”.
Desde que el viejo
artilugio de Roger Fenton en 1855 nos acercó a la guerra de Crimea, del
colindón se pasó al clic de la leica y de ahí al multifacétismo digital. El
quehacer del reportero, ha pasado desde la dificultad técnica a la primera línea de fuego, de la mordaza y pulls impuestos en las Malvinas y en la guerra
del Golfo, a la mítica de los históricos que cubrieron, en nombre de la
libertad, la Guerra Civil española.
La verdad, siempre
hemos dicho, es la primera baja de un conflicto bélico; jugársela por la verdad es el juego de la ruleta
rusa que practican los que nos prestan
sus ojos como testigos en las contiendas. Capa, Gerda Taro, Chim, Roy, Laurent,
Anguita, Hetherigton, Hondros, y tantos otros, tan humanos como los
protagonistas de sus imágenes, frente tantos objetivos inanimados que componen
los mapas de los Estados Mayores.
Curro Flores
25 de abril de 2011
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