Concejal de Humillantes
En el primer gobierno municipal democrático de 1979, Pedro Aparicio, acababa de nombrarme edil de Servicios Sociales, Sanidad, Churriana, Participación Ciudadana y otras hierbas, a las que no se unieron las del Campo Santo, porque salí despavorido hacia el Parque, me explico, hube de pasar tantas tardes de los domingos junto a mi madre viuda en el patio del cementerio de San Miguel, cantando gol entre cruces que me negué a volver a los recuerdos de la orfandad en mi bautizo político.
A diez metros del Salón de Plenos, estaban mis nuevas dependencias con un cartel que lo decía todo, DEPARTAMENTO DE HUMILLANTES, por si algún plumilla local me lee, estaba en lo que sería después, in secula seculorum, el gabinete de comunicación y la sala de prensa del Ayuntamiento de Málaga. Humillantes tenía dos espacios pequeños con sus ventanillas para el público, y dos ventanales abiertos mirando a Puerta Oscura. La oficina dónde me debía ubicar estaba dotada con tres mesas metálicas, y se encontraba abarrotada por una decena de funcionarios, nos presentamos y esas cosas, por los cargos de algunos de ellos y sus jefaturas sanitarias, me parecía que gobernaban un imperio, pero la realidad era tan vergonzosa como el cartel que me apremié a quitar. Por los administrativos de a pie que en realidad llevaban la oficina, allí se expedían únicamente los carnets de beneficencia o de pobres como guste en llamar, los ilustres jefes jamás habían ido a la oficina, salvo para estrenar el libro de registro en el que solo figuraba el escrito de mi nombramiento. El sueldo de ellos más su ausente plantilla de sanitarios se los llevaba un habilitado tan cómodamente.
Al día siguiente, pude apreciar la cola de modestas personas que aguardaban para solicitar la asistencia de los servicios municipales de salud, el jefe del servicio me puso sobre la mesa una montaña de solicitudes sin respuestas, advirtiéndome que muchas eran de madres solteras a desatender por costumbre, las prostitutas. Casualmente desde mi infancia, conocía a una clienta del taller de costura, Carmela, dueña de un burdel en el Muro de San Julián, socialista de corazón y tradición, hija del primer alcalde de Santa Fé, gitano, asesinado por los franquistas, colgado en el balcón de la alcaldía, ella y algunas trabajadoras sociales, generosamente informaron las solicitudes, problema resuelto.
La ventanilla de al lado, era de la llamada Secretaría Especial, gestoría Dimar, Diego y Martín, como pícaramente la llamaban; generalmente muchos de los solicitantes del carnet de pobre eran analfabetos (37.000 habitantes de Málaga eran iletrados en aquella época), por cien pesetas en la ventanilla de al lado te arreglaban los papeles, que por las huellas de la máquina de escribir andaban con vaselina especial por la siniestra burocracia.
No pararía de contar historias y seguiré, pero lo dejo al imaginario de Francisco de la Torre, y otros ediles del franquismo, más los nostálgicos, que a cien metros de sus narices, no fueron capaces ni de conocer la magnitud de esa condenable barbaridad. Asco de pobreza.
Curro Flores
No hay comentarios:
Publicar un comentario