EN VIVIENDA SUSPENDEMOS CUM LAUDE (I)
Guardo en lo más profundo de mis recuerdos, mi primer trabajo en la cooperativa de mi amor, dedicada a la construcción de viviendas para sus asociados.
Una investigación de campo desarrollada por las alumnas de la primera escuela malagueña de Asistentes Sociales, sita en las dependencias del Convento de la Aurora, puso la alarma sobre la trágica situación de los vecinos de los barrios malagueños de La Trinidad y El Perchel por la situación de su hábitat que, me ahorro en describir penalidades, mi casa…, también de su imposibilidad material de conseguir una nueva morada. Con ese trabajo las directoras del estudio, hermanas de la caridad, fueron a visitar, al patrono de la Escuela diocesana, el cardenal Ángel Herrera Oria, quién les sugirió que tratasen de formar una cooperativa de vivienda para afrontar la situación. La idea cuajó en María Teresa de Onís, la líder social más capaz que he conocido hasta ahora y, de esos he conocido una pechá, se supone. Corralón por corralón, maceta y desconchón, fueron convenciendo a los vecinos, que con cuotas de 25 pesetas por familia, empezaron a construir una gran aventura, que terminó con más de 2.000 viviendas en el Solar del Paraíso, una cooperativa industrial, una escuela para 250 alumnos, club social y cultural, más y más, se pudo.
Mediados de los sesenta del siglo pasado, en el más repudiable, para mí y para España, de los regímenes, el franquismo. Solares, no muy caros, algunos en polígonos exprofesos, una subvención para viviendas de protección oficial de 30.000 pesetas, algunos ahorrillos, más unos préstamos a 10 o 15 años de las cajas de ahorros, te podías agenciar un piso de 80 m2, sin excepcionales fatiguitas. Las cajas de ahorros, tan útiles, las desaparecidas en el combate financiero, para el banquete de los bancos, algunas por malas prácticas, a saber las cuentas de los glotones matatías, la respuesta mí amigo en el aire de los listillos de la economía.
En la Cooperativa San Vicente de Paúl que, llegó a compartir con la afamada de Mondragón ser premios nacionales de actividad social, llevé sus números, vendí locales, participé en sus actividades culturales y deportivas, escribía artículillos y hacía viñetas, toda mi juventud a tope, me ensimismé en la lectura de los clásicos del socialismo utópico, siempre más humano que, el atroz y mal llamado socialismo científico. Compartí experiencias con otras cooperativas, recuerdo aún una jornada que nos clausuró un jovencísimo presidente de la Diputación, Francisco de la Torre Prados, mira por dónde, yo tan chaveilla.
Antes de la gran crisis mundial del ladrillo, departía con el arquitecto del ahorro de Andalucía, Braulio Medel, quién sacó a colación la dificultad que tenían las familias hechas y en proceso para conseguir una vivienda sin empeñar sus vidas y sin seguridad. Tuve la oportunidad de contarle someramente mi experiencia vital que, le dejó sorprendido, me conocía de la actividad cultural que desarrollé. Esa charla me condujo a pensar, ya fuera de servicio, si dios no sabe, quién sabe cómo encontrar un nido sin meterse todas las ramas en el ojo o recibir una perdigoná.
Curro Flores
Sigue en II
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