FEMP FAMP FUMP
Viví el parto de la FEMP activamente, inoculado de municipalismo por su primer presidente Pedro Aparicio, en unas intensas jornadas del equipo a mediados de junio de 1981 en Torremolinos, y hasta fui con un abrigo vintages del pleistoceno superior, a su bautizo en la notaria de los madriles con Pedro y otros alcaldes, compañeros de su inicitica Ejecutiva, del variopinto arco iris de partidos locales.
Con nuestro alcalde vivimos FEMP, a todas horas, era mucha la ilusión que se arrastraba en la Transición, para convertir los municipios en el gran agente descentralizador de la política centrípeta del nacional-catolicismo; nuestro vademécum de ediles, no solo consistía en arramblar con la dolorosa herencia de las competencias derivadas del pasado, en nuestro caso malagueño, en el peor de los desastres, sino prepararnos y estudiar para una derrama de prometidas actividades del gobierno central, que por lógica debieran estar repartidas en la gestión municipal. Me derretí en nocturnas, tomacos de servicios sociales de europea extirpe, educativos, de participación ciudadana y los del sursuncorda, con el claro objetivo de no pasar las del beri, al tener que hacerme cargo de anheladas nuevas tareas.
Al mucho rato, explotó el estado de las autonomías, y de prestarle el coche oficial a los neo-consejeros, en mi caso andaluces, pasamos a ver como se despachaban y asumían todo lo que desparramaba la Moncloa, dejando a dos velas las ilusiones municipales de tener más amplio albedrío. Mí tabla de ejercicios de la FEMP, practicada con excepcional fuerza e ilusión, se quedó en una abúlica gimnasia de soportar michelines, porque el sacrosanto estado autonómico se comió la tableta de chocolate.
La FEMP, con sus FAMPs y sus caravanas de ediles, nacieron para hacer más grandes y sólidos a los ayuntamientos de la democracias, para seguir convertidos ahora en los grandes perdedores del centrifuguismo constitucional.
El PP y sus amiguetes ultras del sidecar, que en poca historia se han declarado municipalistas, se han acordado de la FEMP, para en su nombre convocar las manifestaciones pro ceutís y antiracistas, en las puertas de los ayuntamientos. Nada de malo manifestarse ante la tensión nacional que el acontecimiento provoca, pero como viví una FEMP aparicistas que nacía de consensos, para evitar las tensiones políticas de su “arcada” política. Ante mis ojos queda el mal uso de esta llamada, cuándo el nombre de la Federación Española de Municipios y Provincias, debiera de ser primera página permanente de los agravios que reciben las corporaciones locales por las otras administraciones del Estado y los avances municipales.
Curro Flores
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