A JAVIER BERLANGA
No sé en cual de mis dos correlativas ITVs estaba, si la de mi desconchado vehículo o la de mi paupérrimo corazón, lo que es seguro era en una de las salas de espera atoradas, de tantos juicios pendientes por falta de lozanía; llevaba los periódicos, pero como andan con retraso con respecto al móvil, el celular me sobresaltó con la noticia de la muerte del impecable Javier Berlanga, la que sentí enormemente, con la fuerza de la pérdida de un adversario de ejemplar talante democrático, afectivo y atento.
Ahí que recordé su ausencia en nuestra última reunión trimestral de finales de septiembre del Consejo Editorial de la Fundación de Unicaja; me faltó su discreto y cariñoso saludo de siempre, en los años que compartimos ser patronos de la Obra Social y Cultural del Banco o la longeva entidad de ahorros rondeña.
Quería Javier, con humor, recordar en nuestros encuentros con otros amigos, que dentro de mis ocurrencias, por su porte distinguido de patricio yanqui, le apodé familiarmente el JFK de la Casona del Parque. Amén que por herencia, tuvo el honor familiar de ser de la dinastía de nuestro descubridor de la Tabla Loringiana, la LEX FLAVIA MALACITANA, el jurista y arqueólogo Manuel Rodríguez de Berlanga.
En concurrencia electoral, dónde el desate cunde, y más en los años que el tu más, ha tomado hamaca y bocaza para enervar la concurrencia. Me regusta expresar mis sentimientos por Javier, porque siendo un gran activo del PP, mantuvo una ralla de alta cordura que lo distinguía. Calenté demasiados años el escaño de concejal malacitano, soporté como es de rigor las tremendas invectivas de la oposición a Aparicio y nuestro grupo socialista; a veces asistidas por la razón de sus creencias, otras enarbolando el mal gusto y otras esgrimiendo el yerro del despiste. Por más razones y pruebas que diéramos los gobernantes, nunca el verbo rectificar se hizo eco en el Salón. Por eso en mi memoria y la de Pedro, siempre destacaba la excepción, de una rectificación pública que hizo a bote pronto en el Pleno aquel joven Berlanga, después de lanzar un dardo fallido en su parlamento, y ser rectificado por el alcalde.
Javier Berlanga, seguro arbitraba el Transporte Público con su sapiencia y rigor, pero yo que apunto patrones desde la infancia, se nos ha ido también nuestro Petronio local, árbitro de la elegancia, en una ciudad adánica.
Curro Flores
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