Un vino de pizarra
magistral (Pizarras de Otero)
El babero, una bolsita
blanca con el desayunito, una pizarrita negra con su pizarrín, aquejada de
salirse del marco; eran aquellas pertenencias colegiales de la infancia, no
teníamos table, ni móvil, era todo más rústico, como la leche en polvo
significando lo moderno.
Después vino la gran
pizarra, la del jefe de estado y el beato Marcelino Champagna, el hermano
Abilio con el teorema del punto gordo, emborrizando la pizarra. –Cuándo más
gordo es el punto más líneas podemos pasar sobre él; y se pasaba a lo grande la
capacidad que tiene un punto para
hacerse traspasar por infinitas líneas.
A veces la pizarra me
daba entera, pero lo que es curioso, es que cuando me mostraron por primera vez
una botella impecable de Pizarras de Otero, el mundo escolar se me pinto de
tizas de colores, las que tanto celebre para dibujar arco iris sobre las
montañas nevadas.
La cita era en el
Arroyo de la Miel, Benalmádena, en el Mesón la Espiga, dónde el avezado leonés
Pablo, nos quería sorprender a Pedro y a mí con un cocido Maragato en la Costa
del Sol, en los días lluviosos de un extraño mayo malagueño. Mi primer bautizo
con un cocido leonés fue en Astorga, entre camino a Coruña, y aún lo recuerdo.
Pensar en entrantes,
antes de la suculenta comida que nos esperaba, era casi un despropósito, y
Pedro empezó a oficiar con su capacidad para elegir vinos, preguntó por
Pizarras de Otero, y afirmativo. Con su capacidad para ilustrar, nos habló de
su procedencia del Bierzo, junto a la Maragatería, de la bodega Cuatro Pasos, de Martín Codax, un auténtico Mencía. Vivimos
el cuento Astur del oso, nos imaginamos el hallazgo de las cuatro pisadas del
oso, y como sembró frutales para crearle una barrera natural a la finca para
contener las visitas de los osos a la viña, así se protegieron a los pequeños y
prietos racimos de Mencías para la tinaja roja.
El primer beso al vino,
que nos llenó de su aroma alto, que te penetra de las frutas de la floresta y
de las flores efímeras; el primer sorbo de un intenso frescor de la Mencía, sin
mácula, fue premonitorio del maridaje que nos esperaba, entre los bocados de
las diez carnes que se distinguía en el primer plato, se equilibraban los
sabores con los tragos de Pizarra de Oteros.
Se abrazaron las
verduras, finas, del segundo plato con delectación, regando la huerta y el
“sembrao” con amor de viña; y pude enseñarles como regar los espesos fideos del
tercero con una ligera cucharada de vino, que los tiñó con gracia norteña.
Maridar tanto norte, en
tanto sur, lo consiguió Pablo, con el cocido Maragato, envuelto en la muleta de
Pedro, con los redondos sorbos de premiado con una medalla de Oro en el
International Wine Challenge, Mencía Pizarras de Otero.
Francisco Flores
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