Plagios caros
El director de la
London School of Economic, Howard Davies, ha dimitido. Su episodio pertenece a
los pequeños daños colaterales, de los miles de daños vitales y esenciales que
diariamente desbordan nuestro ánimo democrático y tristeza humana, desde el
norte de África.
Como sabemos, la tesis
doctoral de Saif Al-Islam, hijo mayor de Gadafi, sobre “EL PAPEL DE LA SOCIEDAD CIVIL EN LA GOBERNANZA DEL MUNDO GLOBAL”, resulta que tiene toda la pinta
de ser un plagio, y para más inri, ni la leyó, o por lo menos ni la comprendió
y mucho menos asumió. Simplemente soltó libras para la institución académica,
manejó para acá y para allá los conocimientos de Mr. Davies y colegas, y los bien pagados profesores se consideraron
en el deber de enseñar al que no sabe, practicando evangelismo financiero a la
mesnada gobernante del longevo dilema libio.
Papá Gadafi se puede
sentir contento con su hijo porque, aunque se le cuestione su trabajo académico
por plagio, argucias de corruptor tiene, y pericia de dictador implacable ha
demostrado ante el pueblo libio. A Mr. Davies y compañía de la LSE les ha salido “la jaca jaco”, les ha
sobrado academicismo y les ha faltado pericia mundana para adentrarse por los vericuetos siniestros de la
geopolítica, mordidas del saber.
Otro ridiculizado copiador
nos surgió en Alemania, el Ministro de Defensa, zu Gutemberg. El joven ex-ministro
dimitió de su cargo porque su tesis doctoral realizada en la universidad de
Bayreuth, también era sospechosa de plagio. Eso sí, como era un alumno de los
caros, su familia tuvo la generosidad de donarle a la Universidad 150.000
euros. La carrera del ministro germánico más popular ha sufrido de dopaje ilustrado.
En España, amén de Ana
Rosa Quintana, de plagio efímero, el gobierno de Aznar nos colocó de director
de la Biblioteca Nacional a Luis Racionero, acusado de plagio, muy a tono con el puesto que ocupaba. Racionero,
siempre se excusó en la hipertextualidad y del
fruto de la superabundancia de acceso al conocimiento, del que se
dispone en esta época digitalizada; forma palurda de denostar a los españolitos que no sabían cortar y pegar.
La guasa letrada nos
ilustra, -que si copiamos de un libro se llamará plagio, si copias de varios lo
denominaremos investigación. Para el consuelo de los aficionados a fusilar
páginas de otros sin citar sus fuentes, la historia de los sospechosos de tales
prácticas incorpora desde Berceo a Quevedo, y de Cela a Lucía Etxebarría. Ni
nuestro Cervantes, ni García Márquez se sacuden el estigma.
Los muy enredados en la
Red, dan una cantidad de lugares en Internet donde, por precios módicos o menos
módicos, puedes poner a un “negro” especialista a realizar tu tesis doctoral o
cualquiera de los trabajos que necesites para emborrizar tu currículo. Será el
tiempo de la vigilia universitaria, o si
no podremos tener ministros y famosos de pon y quita, cuando un ratón de
bibliotecas se adentre en su historial adulterado.
Un amigo académico sabio
de erudición fantástica, me contaba en su ocaso, de cuántas horas de otra vida
hubiera dispuesto de no leer tanto plagio. Un día asistíamos al recital de una
famosa folclórica y mientras el público se entusiasmaba con las letras
novedosas y sentidas de sus cuplés, mi severo amigo me recitaba letrillas
idénticas de cancioneros populares españoles, perdidos en la noche de los
tiempos.
Todo está escrito, pero
ahora toca plagiar el manual del derrocamiento de Gadafi, tantas veces escrito
¡SOS!.
Curro Flores
7 de marzo de 2011
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