Por y a Miguel Romero Esteo
Los amigos Juan Domínguez y
Carlos de Mesa, por deferencia de Rafael Torán, me invitan a que escriba en El
Toro Celeste, en un número dedicado a
Miguel Romero Esteo, sobre nuestros avatares a mediados de los ochenta, época
en la que Miguel dirigió el Festival Internacional de Teatro que organizaba el
Ayuntamiento, primero en unos gajos del Teatro Romano, mientras todavía se
erigía el despropósito de la Casa de la Cultura que ejercía de camerino,
palangana de plástico incluida para enjuagarse los actores, que tapaban
franquistamente los otros restos del teatro que ahora se pueden apreciar en la
calle Alcazabilla. Después, en el recién inaugurado Teatro Municipal Miguel de
Cervantes, cuando ya la ciudad dispuso de un espacio para empezar a volar
culturalmente, sin la incomodidad de los marmolillos de nuestros antepasados.
Siempre que me acuerdo de Miguel,
me acuden varios sentimientos, unos de admiración, otros de agradecimiento, y
otros de amistad fraternal, y porque no decirlo de nuestras estruendosas
carcajadas que entre ocurrencia y ocurrencia, me hicieron gozar de la magnitud
de su ingenio.
Admiración, por su excepcional
y sin par obra creativa, singularmente
destacada, con la cumbre de Tartessos, Premio
Europa, concedido en Estrasburgo en 1985, editada en 1983 por la Diputación de
Málaga, cuando ejercía de diputada de cultura, Pilar Oriente. Admiración por su
talento excepcional, adobado con el donaire de su campechanía de Montoro, y un
buen y bien filtrado gracejo malagueño. Admiración porque siempre impusiste tu
libertad creadora en la época tenebrosa de la España de las cartillas militares y los
catecismos absurdos. Admiración porque te encargaste de un Festival local y
veraniego, nacido de las reliquias de otra época por el esfuerzo impagable de
Ángeles Rubio Arguelles; y que con la escases de medios que poseíamos, cambiaste la
perspectiva de la Ciudad hacia el cosmopolitismo cultural, y dejaste la huella
del pionero de lujo, que programó en el año centenario de Lorca, Bodas de
Sangre por una compañía coreana; nos hizo oír, entre el ladrido del perro del
vecino, los tambores rituales de Ondekoza de Nagasaki; el mismísimo Bob Wilson,
hizo escala en las tablas del Romano,
antes de dirigir artísticamente Otelo, en la Scala de Milán, Linsay Kemp, Jean
Fabre, el Piccolo Teatro, Scheskapeare Company, Teatro Nacional Alemán…y tantos
otros, que a golpe de telefonazos, faxes y más faxes, concurrían a su llamada,
por el singular hecho de ser vos quién sois, una referencia inigualable en el
mundo teatral.
Gracias, porque siempre
respondiste a nuestras súplicas de ocuparte de la dirección del Festival, y
sortear anualmente las azarosas cuitas que le deparan a un creador ensimismado,
las burocracias y las incomprensiones de la maquinaria municipal. Gracias, muy
personales, por aquellos tres folios irrecuperables, dónde me enseñaste a
superar, la infantilada de mis dudas sobre la organización de las fiestas
locales, ánimo que me diste y argumentos, para trabajar con denuedo, en aquella
que constituyó la Feria del Sur de Europa.
Amistad de padre, amigo y colega,
con quién siempre me sentí por encima de devociones y protocolos, en un
parnasillo particular, dónde aprendía a volar entre las más altas reflexiones
culturales, y la hilaridad más chusca que promueve la realidad desde nuestra
óptica paisana.
Siempre fuiste solícito a mis
llamada, incluso a las políticas; y ahora recuerdo que mi empeño durante años
de que se representara Tartessos, patrocinado por la Junta, no se consiguió,
pero puedo asegurar que no hay director general de Cultura de la Junta de
Andalucía de aquella época, al que no pusiera en nuestro orden del día, cuándo
y cómo Tartessos.
Gracias Miguel por estar con
nosotros, y tu amistad.
Curro Flores
POR Y A MIGUEL ROMERO ES
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