CARAVANA HOGAREÑA
De en blanco y negro, sin matices, me divertía ver la serie Caravana en mi pequeñez, pero sobre todo el grito del final de -¡Charlie, caravana!, anclado en mi memoria, para invitar todavía a mis tropas familiares a ponernos en marcha con los bártulos a rastras. El personaje del cocinero cascarrabias, superaba con sus gracietas malhumoradas, a sus compañeros los héroes de colt en ristre, como el gordo de Bonanza. Pero hoy, después de tantas jaculatorias democráticas con tinte progresista, mi tristeza se ha espabilado oyendo a nuestros paisanos canarios, que en la edad de desmerecer, se han tenido que buscar un refugio vital en una caravana, junto a otras decenas de vecinos, imposibilitados para conseguir una vivienda modesta, con los precios de palacios de maharajás que tienen. He escrito tanta queja sobre la falta de viviendas, que me temo que alguien se mofa con mi carta a los reyes desorientados; por lo qué me disgusta dirigir estas líneas a los de mi pelaje ideológico, a los que visto el plan, creo entregados o impotentes a los dictados de la codicia del capitalismo neo o viejales, que ha situado suelo, cemento y ladrillo en las posesiones de sus juegos de mercado y ganancia, para hipotecar o dejar en la calle de por vida a la necesidad, de un bien, que aunque constitucionalmente elemental, es fundamentalísimo a la hora de no tener donde anidar. Tengo amigos que disfrutan de un camper propio, para ahorrarse un hotel, piso turístico o darle la lata al amigo; otros conocidos que eligieron el nomadismo de caracol, pero lo que no podía tener en mi ingenio es una v.p.o. móvil, sin vivienda, ni protección, ni oficial; como llevamos indefensos desde 2006. La ministra de Suburbios, de mi cuerda, dice que hay que hacer más, porque se hace muy poco. El problema es mundial como el virus, espero que futuros confinamientos no haya que hacerlos en globo aerostático.
Curro Flores
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