FELIPE EL INSERSATO
Rara vez tengo la oportunidad de coincidir con Felipe González en el Hogar de Jubilado, ni en los viajes del INSERSO, ni tan siquiera en las colas del SAS; tampoco en mi juventud alentada por su verbo y a libre disposición, de servicio de orden, sin recibir una invitación en la Bodeguilla a darle al pico-canapé, salvo en la Alcaldía de Málaga, tuvimos un hola. Eso no me sustrae que desde su isidorismo, me empapara con sus primitivas parcelas de libertad y siguiera su pensamiento y acción, con los mismos anhelos que el caballero de la triste figura. Desde el divino tiempo en el que Pedro Sánchez le dio la vuelta al –aparato de Ferraz, creí que iba a caer en la senda de los doblegados abueletes, algo como lo que vivieron los perdedores de Surennes, más en la escolástica del PSOE de dejar trascurrir la democracia interna, tantas veces, a sus pesares. En mi primer café a bits tendidos, he leído su entrevista a toda página en un periódico local, nada nuevo en los reapareceres aunque la leí con lupa de avenido principiante; observé que siguen intactos su traslado de las imágenes verbales para poner el dedo en la llaga, gozan de los mismos atributos de aquel treintañero sumando lo vivido. Aunque de la Transición y nuestros benditos logros, si me lo permite la audiencia, cuento milagros; de vez en cuando abro mi cajón de sastre, donde churras y merinas tienen su aprisco. Darle la vuelta es imposible, pero los efectos de la Dana política que estamos viviendo, se apacentaron con los sosiegos calculados y también improvisados en aquellos años de logros. Ahora estamos ante la faz de la España mal encarada, con ribetes de poder primos de la desfachatez centrífuga y centrípeta. Entre tanta sapiencia del GRA-EX, ningún algoritmo he encontrado para resolver los entuertos nacionales, al menos de placebo para sus pendencias.
Curro Flores
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