EL GATO PELIRROJO DE TRUMP
Para los calvos, además de pesarnos sus sinrazones políticas, el mayor asunto que nos hiere del presidente yanqui es el tupé que le tapa la sesera. Desde que revolvió a la Casa Blanca, el personal de baberos y sobre todo los escoltas están que trina, buscando a Maullito, cada vez que se escapa un ratón por los pasadizos de la catacumba -Monroe y JFK-. La melena de Melania y sus inmaduros votantes, hacen que por gorra tenga un peluche del gato Garfield, pero casi nadie imagina que el flequillo es de la suelta rauda y abundante de pelos de su gatita colorina. Anda el Comandante en jefe malhumorado, porque la Ciencia subvencionada por los amantes de los gatos, en las Universidades de Stamford y Kyushu, con Mr. Barsh y misutä Sasaki a la cabeza investigadora, han descubierto las razones por las que los felinos domésticos se ponen rojos o se vuelven naranjas, culpa de los melanocitos y más jerga, además de soltar más melena. Lo cierto es que estos gatos te ponen perdidas las almohadas, los sofás y los jerséis, porque sueltan peluca a montañas. El olfato financiero del roña Donald, por esas casualidades que da un buen camastro, se atrevió a coger un moño de su peluda y colocárselo en su alopecia galopante ¡Eureka!, porque la dama le dijo que estaba de príncipe, después de darle un beso en su calvorota; de ahí a pasar a ser un asunto de estado, más custodiado que el “balón nuclear”, con un asistente de campo desde el Oval al Force One, para que doña Miau no se suelte de su collar de perlas. El Agente del KGB, en cháchara de jefazos, le confesó que sus servicios secretos habían husmeado los rastros de pelos de su minina que le adornaban el tarro; lo que le causó bochorno y venganza, tanto como para enviarle un hermoso gato negro a Putin, para que luzca la chola como el sombrero de un cosaco.
Curro Flores
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