ODA AL PERRO BORO
La tragedia de Adamuz, ante tantas incertidumbres sobre sus causas, venía dando una literatura periodística de maquinistas de vista estrecha, más cuestionando políticas que esperando el dictamen oficial, para traspasar todos los malos rozamientos.
Tenía un compañero edil de Adamuz, capaz de rimar todas las dulzuras y amarguras de la vida, quizá su pluma en ristre se hubiera conmovido en rima, pero de seguro por nada escaparía su Oda al perro Boro.
Las noticias del suceso, si bien se arman en datos, aparecen como gotas en el océano formando un oleaje bastante desazonador e inane, porque lo que se busca difícilmente se encuentra entre cadáveres, heridos, salvo el número o la anécdota. Así somos.
Tan así que la búsqueda de un can viajero en AVE, ha constituido una conmoción periodística, porque Boro ha saltado a la fama, por la denodada labor de la Benemérita, que ha dado con sus ladridos vivito y coleando; tal gloria ha tenido que la perra Laika que orbitó la Tierra en Sputnik, Rin Tin Tin, Milú y mi querida Marilyn han quedado para caniches del olvido. Si mi patria se vuelve animalista, damos el do de pecho hasta ponerle una piscina al cocodrilo en el hogar; pero cuando nos asalta cultura y tradición, nos ponemos tan animalotes como para hacer el paseillo como el percherón del picador. Largo se verá el pésame por el encierro de las corridas de toros.
Sino desatado, podemos decir que el ministro Puente, de nombre de obra civil, tiene el calino; encima tras los hechos, su esperada rueda de prensa en Atocha, fue tan desentonada e incierta como la de Arbeloa perdiendo en Albacete.
El otro descarrile en Gelida nos ha dejado gélidos, por el fallecimiento del maquinista Fernando Huertas, tan afán informativo ha generado en su Sevilla natal, que presto los plumíferos de la alcurnia hispana, que han deparado en que era un sevillista de pro y cofrade de Triana, si hubiera tenido de aprendiz para repintar blasones, nos hubieran trazado un don Guido, ¡manda plumillas!
Curro Flores
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