LA ESENCIA DE LA CULTURA
La palabra “cultura” abre tanto el abanico en su definición universal y más convencional de la UNESCO que, una persona vestida de luces y con menos iluminación de la cuenta, ceñido al morlaco y abriendo el compas acompañado de oles, con el run-run de Paquito el Chocolatero a toda pastilla, puede verse en trance de su esencialidad espiritual, transmitiendo cultura entre sudor y moscardones. El juicio final del Tribunal Supremo ha dejado a la llamada Fiesta Nacional, a porta gayola con el chiquero de clausura, es decir, la “cultura” es otra cosa.
Durante algunos años con la sabia compañía de personas esenciales como don Manuel Alvar, Manuel Alcántara y Rafael Pérez Estrada, miembros del Jurado del Capote de Paseo a la mejor faena de la Feria de Málaga, con su gran cartel cultural íbamos puntuando a diestro y algún siniestro las intervenciones de la baraja taurina.
Pocas veces la cultura tomó alma en aquellas tardes agosteñas, quizás algún recuerdo, la anécdota a golpe de abanico, pero un día la visita a los jóvenes heridos en el lecho del dolor Joselito y Finito de Córdoba, provocó una emocionada reacción en Alvar que llevó al Director de la RAE a comparar sus hazañas taurinas con Gilgamesh.
Ya a la noche, presidiendo el jurado, lo inició don Manuel haciendo referencia al valor de los chavales, lo que tuvo respuesta por Alcántara, quién destacó el valor del riesgo que corrió madame Curie, y para nada se lo concedió a los toreros, lo que llamó al sobresalto de Rafael, quién propuso de urgencia que le diéramos el Capote de Paseo a la eminencia científica.
En tantas horas que compartimos entre toro y toro, la palabra cultura no tomó verbo en sus afinidades taurinas, y la de “valor” ha quedado para una divertida anécdota de un pulso dialéctico entre figuras. El Supremo ha dado un puyazo en su sitio.
Curro Flores
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