AL CÁTEDRO MARTÍN URBANO
Dolorido por mi caída, me demoraba en llegar a verle de nuevo la faz un médico pos pandemia; médica ella, vestida al trote casero, me entraron ganas de sacarle la lengua de la primera impresión. Iba reinando naderías sobre el eurocuesco de Feijoó en su visita a Bruselas, de casado olor y estruendo; de cómo aprenderme los nombres de los premiers postbrexicos; de la resistencia de las derechonas del Ayuntamiento de Málaga, por mantener el nombre a la avenida de Carlos Haya, el Ícaro exterminador franquistas.
El quiosco me tiró de la jáquima y, me llevé una pregonada alegría al ver la foto a todo color de mi querido José María Martín Urbano en primera. Pagué, deposité el periódico en la bolsa de los Ensayos, de Montaigne, hasta la consulta.
Me hicieron el triaje, otra estúpida palabra, como la del box para sacarte sangre; propia de la ignorancia del castellano de los masterizados en la gestión sanitaria. Saqué el matutino en la espera de urgencia, boli en ristre, para el cruci. Pero me quedé fuera de mí, José María, había fallecido de un infarto, en su campo de tantas batallas, mientras veía su último partido de Unicaja.
De todo el grupo que hace tantos años, nos reuníamos tras los partidos del Caja de Ahorros de Ronda en la pizzería de Ettore: Queipo, Monsalve, Montañés, Paco Moreno y más. Destacaba por sus apreciaciones roncas con brillantez de criterio, los solos de Martín Urbano.
Él no supo nunca que, le conocí en la academia Andrade, en un verano de repaso y paseo de libros ajados por el sudor. Se distinguía del tropel por su voz afillada, de cantaor mairenista; amén que lo hacía el mandón de la piara juvenil.
Amante del baloncesto desde mi mundo infantil de Maristas botando y, Real Madrid en pantalla gris; me constituyó una sorpresa el apego a la canasta de José María. Después me enseñó su extensa colección de videos, libros, apuntes y revistas de la cancha; sus profundos estudios de todo lo que concernía a los avances en sistemas de los mejores entrenadores del mundo; de su capacidad didáctica para elevarnos la cantera de los Guindos, a tener tres jugadores en la Selección Nacional; de sus virtudes dirigiendo nuestro equipo; de sus comentarios certeros como crítico, sin abandonar su otra gran profesión la de maestro.
Ha muerto un añorado amigo; pero la comunidad malagueña, ha perdido al mejor cátedro de baloncesto, cultivador y cautivador, con su amor y entusiasmo apostólico por nuestro deporte preferido durante, más de los cincuenta años históricos del baloncesto malagueño. Mi pena y tristeza, es que la Parca no nos dejó pedir tiempo, para que siga entre nosotros.
Mis más expresivos sentimientos de condolencia a su amada Maribel y su familia, nunca se podrá olvidar su guía y entrañable carácter.
Curro Flores
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