sábado, 22 de octubre de 2022

DON PIJOTE DE LA PLANCHA

DON PIJOTE DE LA PLANCHA

Leía el Quijote en la edición más certera  y última de Francisco Rico, me vino a la memoria que; en primero de concejal atosigado por la alabanza vecinal y sus demandas apremiantes, me refugiaba en el silente Archivo municipal de mis búsquedas. Allí estaba departiendo con el celebérrimo archivero don Francisco Bejarano, un simpático señor del que supe luego era policía local. Del gentil hombre, supe de su manía de copiar el Quijote con buena letra, y que la causa de que nunca le viera uniformado, era debida a sus achaques, por lo que le habían destinado a ser el Google-mapa de sus compañeros, GPS del 092 de la época.

Pedí una cerveza esperando a Bonifacio en nuestro bar de costumbre, siempre tardón le llegó su tinto. Hablamos de manías y neurosis, esas que de mayor aguantan en el corredor de la muerte, al referirle lo del paisa-poli quijotesco. Al pronto, le saludó un señor mayor, atildado como para una boda, nos presentamos y con su fajo de periódicos se sentó en la mesa de al lado, a leer y apuntar como un poseso.

Mi amigo, me dijo con silenciador que, don Francisco era conocido por el mote de don Pijote de la Plancha, por ir siempre de punta en blanco, ruina para las tiendas de Adolfo Domínguez. El acicalado vejete, tenía una menguante herencia, vivía de la renta con la obsesión de ser un demócrata de pies a cabeza perdida; por lo que desde el inicio de nuestras primeras elecciones, conservaba y estudiaba todos los programas electorales de los distintos comicios. Era tan meticuloso que, ni el más aguerrido científico de la Política, pudiera doblarle el pulso a sus cuadernos, en los que se veían el grado de cumplimiento de los compromisos de gobernantes y opositores durante los cuarenta años.

Su celo de caballero de democratería, le tenía alerta de los malandrines incumplidores y falsarios, a los que llamaba con desprecio con aguzados motes, le temían de tertuliano porque era capaz de amargar cualquier café a los fieles partidarios; llevaba años votando en blanco, porque no daba absoluciones.

Me despedí, la 2 entrevistaba a la escritora Rosa, la hija de mi inolvidable amigo, el reiletero y peón de confianza, Pascual Montero. Ella confesó tener la misma chifladura que yo, coleccionar plumas y cuadernos de escritura. Me fui a la cama sosegado, no sin antes, quitarme un borrón de la camisa.

Curro Flores

 

 

 

 

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