martes, 23 de septiembre de 2025

EL BALIDO DE LOS BECERROS

 

EL BALIDO DE LOS BECERROS

Mi nombre obedece más a taurófilo que a las patentes de marca, iba ya siendo extraño en los zagalones de mi época, jugar al toro y menos tener una carretilla cornalona, porque el balón imperaba en todos nuestros sueños, no obstante, en mi cole de los Maristas de calle de la Victoria, en las alturas del saltómetro, tenía peones con varillas de palmera, para clavar al burel, un encastado Cisneros recelosos, a prueba de rehiletes por acometidas. Era curioso, quizá viejas leyendas campesinas, un pariente que debutó sin caballos o la repera. En mi vida pública, fue hacendoso en la faena de los feriales taurinos, dando más paseos que los capotes de briega en los tendidos. Sé para derrochar tantos saberes, de porque un día se me apagó el on, para tener difícil distraerme ni con un pase de castigo. A veces tengo las suerte de encontrarme la parte cuasi bucólica, de las toradas en el campo de sus amores, porque me asomo al programa de Toros para todos, llevado por mi amigo Enrique Romero, que en su afán de doblarle la testuz a los que desafían la afición por la lidia, nos eleva a los cielos la crianza y vida de los encastados animales, siempre condenados a vivir en el corredor de la muerte. Los que en su día disfrutábamos con los programas de animales de Feliz Rodríguez de la Fuente, podemos decir que mientras las cámaras y los comentarios están siguiendo hasta las `pillerías de los sementales, jugando al escondite, todo es para coger la partitura Tauromagia de mi inolvidable Manolo Sanlúcar, y hacerla vibrar por todos los rincones para encontrar eralas cantaoras. El problema es que, entre rastrojeras y hierbita verde, se escucha el bufido en el ruedo del encuentro con un trincherazo que te dobla el espinazo y con un golletazo por lo bajini se acaba la divina pastoral, con un cadáver arrastrado por las mulillas.

Curro Flores

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