EL BALIDO DE LOS BECERROS
Mi nombre obedece más a taurófilo
que a las patentes de marca, iba ya siendo extraño en los zagalones de mi
época, jugar al toro y menos tener una carretilla cornalona, porque el balón imperaba
en todos nuestros sueños, no obstante, en mi cole de los Maristas de calle de
la Victoria, en las alturas del saltómetro, tenía peones con varillas de
palmera, para clavar al burel, un encastado Cisneros recelosos, a prueba de rehiletes
por acometidas. Era curioso, quizá viejas leyendas campesinas, un pariente que
debutó sin caballos o la repera. En mi vida pública, fue hacendoso en la faena
de los feriales taurinos, dando más paseos que los capotes de briega en los
tendidos. Sé para derrochar tantos saberes, de porque un día se me apagó el on,
para tener difícil distraerme ni con un pase de castigo. A veces tengo las
suerte de encontrarme la parte cuasi bucólica, de las toradas en el campo de
sus amores, porque me asomo al programa de Toros para todos, llevado por mi
amigo Enrique Romero, que en su afán de doblarle la testuz a los que desafían
la afición por la lidia, nos eleva a los cielos la crianza y vida de los
encastados animales, siempre condenados a vivir en el corredor de la muerte.
Los que en su día disfrutábamos con los programas de animales de Feliz Rodríguez
de la Fuente, podemos decir que mientras las cámaras y los comentarios están
siguiendo hasta las `pillerías de los sementales, jugando al escondite, todo es
para coger la partitura Tauromagia de mi inolvidable Manolo Sanlúcar, y hacerla
vibrar por todos los rincones para encontrar eralas cantaoras. El problema es que,
entre rastrojeras y hierbita verde, se escucha el bufido en el ruedo del
encuentro con un trincherazo que te dobla el espinazo y con un golletazo por lo
bajini se acaba la divina pastoral, con un cadáver arrastrado por las mulillas.
Curro Flores
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