LA FERIA DEL RUIDO
El tren de las multi vírgenes festivas estaba hasta el delirio, más de un ciento de jóvenes sandungueros ceñidos para la Feria venían de Costa oeste, doña Victoria Kent les dio el alto y ahí como si la feria se les fuera a escapar por un segundo, casi me arrollan o enrollan en la escalera de no dar un paso.
Diecinueve treinta, el sol dice sudor, mientras los tatoos andan que se las pelan con sus ligeros vaivenes, treinta pasos a la sombra y un cigarro, un semáforo con una peineta abandonada, el taxista me pita por apurar el cruce en verde con mis pisadas lentitudes.
Algún rayo de sobra se oculta levemente, oteo la portada, el Ayuntamiento felizmente imitado, al que llegaba tan ligero cada día, la aritmética del caracol me mide los pasos hasta su puerta del recinto ferial. Con olor a garrapiñadas y sonora tómbola voy renqueando por toda la escala de servicios municipales: operativos, electricistas, bomberos, sanitarios, policía, por el oficio ejercido empiezo el cálculo de las horas extraordinarias que se van a pegar de plantillazo. Un gentil operario me orienta hacia La Caseta Municipal Infantil.
Cerrada hasta los claustros, sonaban los ensayos de la Cajita Musical de Málaga, que volvía para hacer felices a los chiquititos y familia; frente al portón de entrada, un universo sonoro de tres casetas juveniles, disputaban a las ocho de la tarde por clientela en el infierno de la estridencia.
Mientras el público volaba para ocupar los asientos de la refrescada carpa infantil, dos furgonetas de la policía se instalaban en medio de la calle, algunas carreritas saborías, dos ambulancias se hacen paso, un vehículo de los municipales anda que se las pelas entre el gentío, el ruido no perdona. Dos jóvenes ataviadas de flamenca ante el resto del tumulto, de escueto verano, nos recuerdan que estamos en feria.
La Cajita un éxito de nuevo, el chin chan de los de enfrente, no distinguió sus melodías. Pienso jocosamente en el Antiguo Testamento y en el Génesis, no recuerdo el día en que Dios creó el dioscibelio, pensaría que con los humanos la tarea era infinita.
La Feria que dejé en mis años, ponía especial atención y orden, en que las casetas fueran cuidadosas con la música, para no molestar a sus adosadas. Posiblemente en mi sesera, gobernaba la lira de Orfeo, que amansaba las fieras, los/las se reunía para oírlo a las gentes y hacía descansar sus almas.
Como me sentía concernido de haber puesto los cimientos de tan bochornoso estrépito, le escribí un wassap a mi amigo psiquiatra y lector preferido, Joaquín Sama, en el que le decía que quizás debieron mandarme a su consulta cuando plasmaba mis ideas de los festejos, ante tanto bafle desmadrado; eso sí, en la Gran Feria del Sur de Europa, de la que tan pride nos sentíamos. Ahí queda eso, para el que no tenga tiempo de leerlo y digerirlo en el jolgorio.
Curro Flores
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