EL PRECIO DE UN JOYO
-“¡Hay gente pa tó!”, decía cualquier “figura” pa presumir de capote, al presentarle un filósofo: -“hay gente pá votar a esos dos”, diría el soñador demócrata, al ver la patraña de Ayuso condecorando a Milei pensando en madrileños y el censo de “Psico Aíres”; en fin, gastar amarguras con esa calaña, es ser devoto del cilicio; porque mejoró el ayer la escueta sorpresa que, el aceite lo van a considerar Sánchez un alimento básico, para que Montero se quede sin su IVA y Planas pueda seguir cavando olivos a ritmo de subvención europea, aunque los haldares no alberguen aceitunas o aniden los jilgueros. Siempre he pensado que para evitar lo exagerado de la Política Agraria Común (PAC), las ayudas al olivar se debieran de dar por los anidamientos de mochuelos y no por patas sembradas, para dar cuenta al refrán más ecológico de “cada mochuelo a su olivo”. En los veranos de mi infancia, me sacudían las ronchas de las brisas malagueñas, los tórridos juegos en la campiña cordobesa, mientras memorizaba la piara de bestias de las cuadras inmensas, y mis amigos muleros se cagaban en todas las divinidades mientras aparejaban su par. Del viejo Cañero o Abundio aprendí que la tarea más dura en aquellos entonces era cavar olivo, es decir, hacer un hoyo pero con “J”. Mi “joyo” de desayunos y meriendas era de pan con aceite y vaso de leche de la cabra, Cola Cao ni en pintura, a veces había extra de azúcar, salchichón de la Reconquista y una jícara de chocolate. Mi madre celebraba el pan cateto hasta su final, con su chorreón de hojiblaca y el pellizco de queso. Aquellos modestos alimentos de jornaleros, muchas veces con olor a “atrojado”, hoy constituyen el festín millonario de un jeque, porque el “oro líquido de Andalucía”, no derrama una gota ni para gastarlo en el “pan con tomaca”. Muy tarde, pero bienvenido sea sin IVA el aceite de oliva, para rezar los incrédulos a Nuestra Señora Virgen Extra.
Curro Flores
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