PERDER LA ESPERANZA ES LO ÚNICO REACCIONARIO
Esta sucinta frase de don Jorge Guillén, debiera ser de letanía obligada para todos los que perseguimos el progreso, más en estos terribles días de mortandad inocente.
Mi amiga María Gonzálvez, hacendosa de pro, paseaba, por una acera de la Malagueta, a un anciano renqueante, con boina calada, gabardina de reguardo y alpargates de paño, con el sol de costumbre y la brisa mediterránea, era Guillén; a veces les vi pasar frente al portal del bloque en el que vivía el terrible nazi León Degrelle, el peor infecto del vecindario.
Pedro Aparicio me invitó a que le acompañara a visitar a don Jorge, en su piso frente al mar, inolvidable encuentro. Habló poco y muy pausado, pero recuerdo que hizo un elogio a su paisano Umbral, capaz de desparramar magnífica escritura en sus artículos a diario, odisea; me dedicó mi releído Final.
Sufrimos en la primera corporación un voto de censura de los comunistas, por un encontronazo entre sus filas, sagaz disimulo. Recibió Aparicio una carta de apoyo emocionante del poeta; la guardada como oro en paño, pero posteriormente le fue robada por manos despreciables.
Se me delegó organizar los factos del 90 cumpleaños de Guillén, todo un acontecimiento ciudadano que pudo disfrutar desde la casa de la poetisa María Victoria Atencia: Un cuidado busto de Martínez Labrador, quedó instalado junto a La Farola, perpetuidad; la tarta de cumpleaños degustada por niños al tropel era de los pesos pesados, pero más pesado fue pagarla, para mi congoja, pero el pastelero de La Imperial nunca perdió la esperanza, y tras los meses, nos amigamos de nuevo.
Por esos días vino a visitarle Alfonso Guerra, ya vicepresidente del estrenado gobierno socialista, me tuve que quedar con su esposa y su pequeño Curro a aguardarle, el niñito empezó a moverse a los sones de una discoteca cercana al ritmo de Boney M; a la vuelta de los visitantes, le referí al padre del gusto del crio por la música, el vice me dijo, -sólo la clásica, tararí. La pedantería cultural siempre desluce.
Los vallisoletanos nos invitaron al poco, a sus actos de homenaje al poeta, comisariados por Antonio Piedra; en el Concierto celebrado en el teatro Zorrilla, se estrenaron composiciones dedicadas al maestro; mi compañera de palco fue Rosa Chacel, no sé si por el efecto de la música contemporánea, la escritora, muy coqueta, se estuvo pintando los labios mientras nos sacudían en nuestros oídos los novedosos ruidos. Al día siguiente, el alcalde, Bolaños, se quedó con las ganas de volver a verme torear en la finca del Luguillano, pero a dos grados bajo cero que toree el Yeti.
En el Salón de los Espejos de nuestra Casona del Parque, estuvo la capilla ardiente del autor de Cántico. Tres ediles de cada corporación, Valladolid y Málaga, formamos frente al féretro, ante colas interminables; ya de madrugada, unas parientas procedentes del bingo con su galán, empezaron a mover las coronas, mientras exclamaban sus procedencias, la más lagarta, después de observar al cadáver, se acercó a mí, para decirme: -Lo siento mucho, usted es su hijo, se le parece a usted tanto. Los concejales que me acompañaban en la guardia, no pudieron reprimir la risotada; así que por un instante fui hermano de mi inolvidable amigo Claudio Guillén y la gentil Teresa.
Mi careto no me ha evitado confusiones, pero lo importante es que repitamos: PERDER LA ESPERANZA ES LO ÚNICO REACCIONARIO, Jorge Guillén.
Curro Flores
P
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