domingo, 25 de diciembre de 2022

LOS CANDADOS DE LA ALHAMBRA

LOS CANDADOS DE LA ALHAMBRA

El domingo de la final más vanagloriada del –¡adiós Catar!-. Tuve la fortuna de enbusarme a la hora de  maitines camino de la Alhambra. Amaneceres ocultos entre tanto bloquerío y recogida de excursionistas.

Buscaba en la ruta del Cacerolo, los grupos de muleros de acémilas cargadas entre repechos de bandoleros, no vi por cierto, los vuelos de rapaces, las aspas ventoleras energéticas les impiden el vuelo de Alhama a Riofrío, de trucha a caviar, ahora de los Osborne, sesión de gurmetería. Perdí la sesera con Washington Irving, mucho leer y más historia.

Tampoco pude ver a los veleños cantando jaberas, con sus carretas de bueyes camino de Fuente Vaqueros, para que Lorca inmortalizara sus cantes en La Casa de Bernarda Alba.

Nuestra guía Yolanda, arqueóloga forense en la época fenicia, desde luego que, -hay gente pa tó-; al atisbar  Santa Fe, nos habló del asentamiento de los Tanto monta, para mandar al paro a Boabdil; también quiso endulzarnos la conversa hablando de los típicos piononos. Mi cocola se traspuso en amargura, pensando en la bella Carmela, socialista y maestra -de la vida-, la hija del primer alcalde gitano del municipio, colgado en el balcón del Ayuntamiento por las hordas golpistas del 36.

Antes de mandarnos al servicio, nuestra sabia cicerona, nos largo instrucciones para tener siempre a mano la entrada y el DNI. Primera estación, entrar al Generalife, identidades a mano; obligadas también en todos los palacios, la Alcazaba y por dondequiera que nos coláramos. Al final la traca, para salir camino del autobús, una severa funcionaria de nuevo nos pidió nuestras divisas, lo que no pude aguantar. La señora se mostró tan ofendida como yo y toda la compañía. Pensé que la alhaja de la Alhambra, estaba mejor guardada que el Congreso de los USA.

Como me imagino que los empleados de la Reconquista, sufren el oprobio por el exceso de controlar al prójimo, su comité de empresa le debe cuidar los nervios.

Desde pequeño he visitado el monumento muchas veces, extraordinariamente acompañado; mi última visita fue por la gentileza  de José Seguí, arquitecto entonces de su restauración. Hasta me mondé  de risa en el Patio de los Leones, al ver despojado de su rizada melena,  al edil granadino Juan Luis Álvarez, quién siempre se mofaba de mi calvicie, más que prematura en nuestras reuniones.

He visitado sedes con todos los cerrojos del poder y arcas; pero nunca he pasado por el modelo que demanda a los visitantes el Patronato de la Alhambra y el Generalife, no sé si disuasorio o por fastidiar el invento.

Curro Flores

 

 

 

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