JOSÉ MANUEL DOMÍNGUEZ ENCAJA
El jueves pasado tuve de nuevo la oportunidad de saludar al dilecto José Manuel Domínguez, en el patio del episcopado malagueño, Palacio, hoy sede del Centro Cultural, Fundación Unicaja Málaga; el motivo, la inauguración de la exposición sobre Picasso, El Gabinete de las Palabras y Las Cosas; la que se simultanea con Goya/Picasso-tauromaquias. Temiendo a la borrasca Aline, llegué una hora antes, lo que me sirvió para apreciar con detenimiento las planchas originales de la Tauromaquia de Goya, así como para ensayar mi inglés macarrónico con alguno de los cientos de turistas que puse al loro a duras penas. Me encantaría que las huestes malagueñas tuvieran el interés de los guiris por estos singulares acontecimientos culturales, en las salas de las dos plantas; que por voluntad del obispo Ramón Buxarrais, dieron acogida por primera vez en Málaga a una exposición de Picasso-Picasso Clásico, puedo presumir de haberla sugerido a la Junta de Andalucía. Siempre que me tropiezo con José Manuel, me sustraen las palabras de su antiguo mentor, Braulio Medel, en una charla informal sobre quién debiera ser el candidate a la alcaldía por mis colores, para oponerlo a Francisco de la Torre; alguien hizo surgir su nombre, sin otra pretensión que darle hilo al cometa: lo que condujo a los halagos de Braulio, singularizando, que mi ciudad, volvería a Paraíso, si el bastón de mando estuviera en manos de Domínguez. Tengo la insistencia de liar la hebra con los choferes en los viajes, y someterlos a los interrogatorios de El Mentalista, pero con más compadreo; a veces yendo a Almería al jurado del prestigioso Premio de Fotografía, desparecido, para encontrarme con mis amigos Carlos Pérez Siquier, Manuel Falces y, posteriormente, Pablo Juliá; en esas largas conversas de ida y vuelta, a veces salía el nombre de José Manuel, al que los habituales del volante, situaban como la persona más trabajadora de Unicaja, que lo llevaban al trabajo de madrugones, para devolverlo a casa a la hora del sereno. Tanto poder, desvaría en su sucesión, pero digamos que Medel, tuvo como el último servicio prestado a la institución que formó, proponer al frente de la fundación bancaria, a un timonel capaz de guiarla a las aguas calmas: Su sonrisa de infantil jubiloso, su porte tan elegante como austero, me evoca a los seminaristas que bajaban por calle de la Victoria con su beca roja, pero más enjuto que Eliud Kiphoge, volando en su maratón de papeles.
Curro Flores
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