LA CASA DE SOCORRO DEL LLANILLO
Monto la lectura entre el imaginario placentero de textos escogidos; y el soliviantado trote diario de las presuntas noticias; difícilmente en éstas encuentre sosiego para el ánimo. Pero algún día toca el cupón al que mucho mete.
La Casa de Socorro de la Trinidad será un centro de alto rendimiento cultural y su foto: y me llevé una íntima y solemne alegría.
En ese bello edificio habitaban mis erizos particulares, que pinchaban mis posaderas infantiles casi a diario; otras veces me inyectaba el cariñoso practicante de enfrente, el Balta, con la Lección de Anatomía en la pared junto a su orla, para hacernos el cuerpo.
En mi niñez paseaba entre los baratillos del Llano de Doña Trinidad, alias Llanillo, para ver a Juan al amigo de mi difunto padre; quién me apañó mis primeras gafas de sol, y mi triciclo de antes de la invención de la rueda. De su boca repetía que en sus tristezas iba a ver a mi padre en el lecho del dolor, porque era capaz de sacarle las amarguras.
Como un Homero del Perchel, me hacía llegar las hazañas de las olimpiadas del Llano; en las que destacaba mi olímpico padre El Paisa, capaz de marcar más goles que nadie en el portalón de la fábrica de sombreros, a gorda la diana hasta desplumarte; en lanzamiento de piedras, en las animadas pedreitas, hacía huir a la más peligrosa banda de los aledaños. Pero en la media veintena con un pulmón menos, era el más rápido en escalar la Casa de Socorro, hasta hacer cantar el gallo de la veleta.
Al entrar en desuso el edificio, mi Corporación, la destino a destacamento de la policía local, con mi silente desazón. Hoy, gracias en gran parte de los fondos europeos de rehabilitación Edusi, la empresa municipal PROMÁLAGA pondrá a punto el inmueble, obra del arquitecto Fernando Guerrero Strachan, para el desarrollo de empresas y proyectos relacionados con la cultura. Difícil invento, de negocio sobre el ocio de cultivar metáforas.
Ni mi madrina Concha, la carbonera; Baltasar, el pincha; Joaquín, el peluquero; el Guarda cojo; Juan el del Quitapenas; Julián desde el billar; Gertrudis y Ángel, los suegros de Fosforito; la clientela de la farmacia y el bar Enrique; el portero del Plus Ultra, el Ronquillo y su hermano El Tiriri… Nadie de ellos podrá saborear la nueva savia que se sembrará en la Casa de Socorro, al final de la calle Enrique Scholtz, la ricachón, para sus habitantes, junto al bello jardín, que la primera vez que le pusieron bancos de mármol, convirtieron sus asientos en polletes de cocina de los más avispados del vecindario.
Mi querido Gabriel Ramos, con su peluquería, quizá sea el último relevo que nos queda para pasar el testigo de tantas historias convividas.
Curro Flores
No hay comentarios:
Publicar un comentario