EL PSOE NO ES LO QUE ERA
Al uso de los sermones de Fray Gerundio de Campazas, iniciados desde el púlpito con el aldabonazo: -¡Dios no existe!, con el objetivo de captar la atención de sus feligreses. Mi titular pudiera perseguir esa oratoria.
Hace unos días un amigo del alma, recalando desde Méjico, me sorprendió con su deseo de afiliarse al PSOE. Conocía a gran parte de su familia de importante tradición socialista, a algunos solo por su historial provincial y exilio posterior. Mi querido metafísico, tan jubilado como el menda, me confesó que guardaba una deuda a su abuelo, el último alcalde de Vélez Málaga de la República, al que le prometió cuando estaba en el lecho del dolor, la de pertenecer al partido socialista.
Llamé a Daniel Pérez, nuestro secretario provincial, quién nos hizo hasta el honor de rellenarle la ficha en su despacho, en el que curiosamente colgaba la famosa foto de la tortilla, el poderoso recuerdo del PSOE renovado. Dicho y hecho, ya lo tenemos en nuestras filas.
Su voz de despedida, me llegó por wasap, se marcha de nuevo, después de estar con la familia y amigos, amén de presentar su último libro, y del tertulieo en los ambientes intelectuales de oficio. No se le escapó que tendríamos que hablar de la política de nuestro partido, que no la veía reconocible en estos momentos. Inmediatamente pensé que había entrado por la puerta grande, la de nuestra eterna costumbre de fe y propósito de enmendar la casa.
No puse empeño a que los amigos de mi pandilla juvenil, secundaran mi decisión de pertenecer al PSOE. Mi conciencia social, mi educado sentido democrático y amor a la libertad, más la figura de Pablo Iglesias, me llevaron a ello. Para los jóvenes universitarios comprometidos de la época, ser socialista, sin ser comunista, era estar al servicio de Billy Brant o qué se yo: ellos que iban desde el PCE, a los maoístas, de Tito, Castro o del partido albano de Enver Hoxha.
Mis primeras asambleas clandestinas partidarias, después de venir de las prácticas democráticas del cooperativismo, me asombraron por el aguerrido puzle de opiniones y la dificultad de su toma de decisiones, aunque nos presidiera al final, lo de una persona un voto, y hasta nueva ocasión, disciplina en lo acordado.
143 años de historia dan para mucho. Salvo la Iglesia, pocas organizaciones humanas han alcanzado esa longevidad en la piel de toro. Evidentemente, a veces, nuestras fracciones han dado pie a errores políticos graves en nuestro devenir. Recomiendo leer el libro que escribió Juan Simeón Vidarte, desde Méjico, Todos fuimos culpables.
Los socialdemócratas vergonzantes de mi juventud, desde que Felipe González se alzara con el cambio, vimos nutrirse nuestras casas del pueblo y cargos públicos, de aquellos que nos avergonzaban, desde el telón de telarañas comunistas.
Siempre nos hemos definido como españolistas, europeístas y federales. Con más revuelo que en el pasado, nuestro gobierno padece por estas convicciones. La de españolistas porque para gobernar España, hay que echar mano de adversas contradicciones; la de europeístas porque amén de grandes beneficios, debemos ajustar el paso y todas nuestras energías a la carestía geopolítica provocadas por la guerra; la de federales, porque en esta tarea no nos secunda el adversario, españolistas de pro o independentistas.
Bienvenido a nuestra discusión, ojalá nos alumbres con tu sapiencia, pero me temo que el 80 por ciento de abstencionistas de la Palma-Palmilla en las andaluzas, necesitan de más que un peñasco filosofal, para que les recupere su antiguo fervor democrático.
Curro Flores
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