OLAS QUE VIENEN Y VAN
Olas de incendios, olas de calor, olas de pandemia y para colmo oleajes de humanos en el rebalaje para remojarse los tobillos. Siempre me pilló el windsurfing como un capricho de niños bien a la moda, en mi infancia la cosa iba de un neumático descomunal compartido, dar trechas si se enchula la ola y ahogaillas.
En los dos años de clausura, cuando la propietaria de una tienda de tablas de surf, mantenía el tipo abriéndole el establecimiento al aire, tuve la chistosa reacción de amargarle el desayuno, leyendo con voz sonora la noticia de la tercera ola del virus.
Para arremangarnos más, no nos falta ni la ola inflacionista, así me veo buscando la tabla de restar, para surfear en todos los dividendos que las olas trágicas nos traen.
He puesto el botijo a mano, por si las restricciones europeas nos obligan a apagar el frigorífico. He sacado del baúl de feriante todos los abanicos firmados por artistas, para abanicarme más que las plañideras entre kirie y kirie. Gorrilla, por la sombra y caminar lento, si quiero embutirme de malas noticias, buscando la que nunca llega, la buena.
Tsunami tras tsunami, no veo la hora de hacer el menor esfuerzo, así que dejándome llevar a la bartola, a lo mejor tengo la suerte de no tropezar con la caja de pino.
Antes de que los bancos de alimentos, te exijan los avales de Carpanta y Rosauro, voy a poner en práctica una receta veraniega que aprendí de mi observancia infantil en la campiña ardiente de Córdoba, menú diario del Niño Arjona, mientras descansaban las mulas Española y Cordobesa.
Se auxiliaba de un cuenco de barro y su machacaera de madera. Pan duro, mojado en vinagre, aceite atrojado, sal, tomate picao, pimiento y pepino, y a machacar, ya tenemos un feliz salmorejo. De segundo, con los restos de la porra, para no disgustar a los antequeranos y sus vecinos de Archidona que también padecen la canícula; con un jarrillo de lata se saca agua fresca de la enorme orza del cortijo, mezclamos y cucharazos, sin olvidar dejar un resto para el postre. Vinagre, una manzana picada, otro chorreón de agua y una horilla de siesta con la cara tapada por el sombrero de paja, con la cabeza descansada sobre los aparejos de las bestias. No sé porqué su hijo Juanito se fue a Ingalaterra, con le caló que hace hoy en Londres.
Curro Flores
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