ESPÍAS EN EL PRADO
Machacan los acuerdos de la cumbre de la OTAN en Madrid, hasta a Pedro Sánchez posando ante Las Meninas con tantos gerifaltes, los adversarios al uso, han hecho un leve descanso de sus lisonjas procaces y las de sus plumillas de alquiler.
Poco sabemos de los secretos vividos por los agentes del sigilo, que, propios o en las antípodas, han estado hurgando, escuchando, manipulando entre los bastidores de tantos oleos de visita. Dicen que trabajan para agencias de inteligencia, grave duda, porque de mucha resignación es tener por oficio que se pitorreen y ultrajen por tus fracasos, y entierren tus venturas.
Anacleto, agente secreto, más que octogenario, hace un mes mandó su smoking ajado a la tintorería, anudo su palomita y le dio una mano de leche a sus charoles, para hacer guardia ataviado en un banco frente al Prado; mientras pasaban los activos uniformados, de toda laya y procedencia, al Museo. Desde la escueta despedida en el Pulgarcito, su existencia era de quinielas, ONCE y atención primaria por los bronquios. La Cumbre le eleva el alma a la acción de aquel intrépido agente de campo, ahora de prado: de nuevo aprender a mentir, a camuflarse, a memorizar, a pasar desapercibido, en fin, a ser un actor anónimo que para su elenco hubiera querido Peter Brook.
No quiso invitar a la vigilancia a Mortadelo y Filemón, por barcelonistas, el 0 a 4 asestados por los Xavis en el Bernabéu, en el inicio de la primavera, fue de un arabesco explosivo en su amistad.
El de Mali, cargado hasta los topes trataba de vender sus amuletos de marca falsificada; Dick, viejo CIA, canoso y rugoso, guardaba viudedad por la Matahari de Rota, rumiando chicle, y en una mesita cargada de tipical spanishs: gorras, peinetas y sombreros de ala ancha, vendía el avaricioso Abraham, las ocultas baratijas para espionaje de ocasión, marca Mossad, para husmeadores tercermundistas.
El kurdo entró con su sobrero cordobés, un tropel de chinos cuchicheaba, los de Putin pavoneaban de oficio en la entrada, los coaligados otanistas vestían de alpaca y pistolón, la iraní lucía cabellera rubia, en fin, la procesión la cerraba el príncipe de las tinieblas de Wagner y los industriales de armamento con su lista de ofertas.
En la acera de enfrente, la de los ausentes, con los morros por el suelo: la vice Yolanda, Garzoncito, Rufián, junto al subVillarejo, ni fu, preparaban el fa para el pasado mañana.
Los analistas de las agencias, ante tanta obra de arte se le fueron las cabrillas, y salvo las conclusiones urbi et orbi, solo pudieron examinar los informes al minuto de las constantes de Biden.
Al final, Anacleto, pudo descubrir al espía del Vaticano de pastor anglicano; y pensó, lo que se trataba ahí dentro, da para un buen mapamundi de extremaunciones.
Curro Flores
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