domingo, 23 de agosto de 2020

CASOPLONES ILEGALES


Casoplones ilegales
La primera vez que me tropecé con viviendas ilegales fue en primero de concejal en 1979; yo venía de trabajar en Málaga, en la construcción de más de dos mil viviendas subvencionadas en régimen cooperativo, para familias de procedencia muy modesta, dónde socios y directivos  observábamos celosamente la ley, por más que nos costara y se sufrieran demoras impagables.
En la sierra de Churriana dos impresionantes chalets se levantaban ilegalmente, sobre la zona apreciada de protección de manantiales, cómo correspondía, ordené paralizar las construcciones. A los pocos días un diplomático local inglés, me pidió cita en la tenencia de alcaldía, a la que respondí solícito; el cónsul acompañado con una ciudadana británica mayor, a la que el gentleman, me la presentó como víctima de la suspensión de las obras de su mansión.
El diplomático, sin diplomacia, con esa descortesía inglesa que envuelven sus educadas formas, me espetó por la barbarie de nuestro acto, y encima con añoranza franquista, me dijo que anteriormente en España esto nunca hubiese sucedido; no me paró responderle que los españoles queríamos empezar a actuar con la misma legalidad urbanística como la que los súbditos de su majestad se obligan en Gran Bretaña.
A los quince años un juez me ordenó derribar la   gran casa que ya habitada constituía una atalaya envidiable sobre el horizonte malagueño, me pertreché de la maquinaria necesaria para la demolición, -¡y a las órdenes mi juez!; pero cosas de las interpretaciones de nuestra Constitución, horas antes de meter la piqueta otra orden judicial anulaba la anterior, y si te vi no me acuerdo hasta nuestros días.
Repasaba hace unos días uno de esos periódicos en inglés que regalan por la Costa del Sol, en la primera página, se podía leer que la población  residente inglesa en la provincia se había reducido  en el 10%, junto a la de las otras nacionalidades, menos la ucraniana que crecía como es lógico. Me acordé de un anuncio de protesta sobre el limbo jurídico de las viviendas construidas ilegalmente, que decía: -muchos ciudadanos ingleses abandonarán Málaga ante la inseguridad jurídica de sus hogares.
También en otro semanario inglés axárquico, vi como el nuevo alcalde belga de Alcaucín, Mario Blancque, portavoz a su vez de Save Our Home Axarquía (SOHA) se reunía en el diseminado superabarrotado del Puente de los Manueles, organizándolos para que no se acogieran a las normas estrictas de la declaración de diseminados fuera de ordenación de la Junta de Andalucía; porque sus hogares han nacido por el arte de birlibirloque,  y como champiñones al amparo de un descaro divino.
En la provincia de Málaga hay 50.000 viviendas fuera de ordenación, de las que más de 15.000 se encuentran en la zona veleña. Ese fenómeno creció como la espuma en los finales de los noventa del pasado siglo. El primer alcalde de Alcaucín, sometido a la justicia, José Manuel Martín Alba, dijo que era muy difícil parar lo de las viviendas ilegales porque los vecinos eran muy pesados. De eso doy fe, porque hasta unas navidades, encontré a una señora llorando en casa de mi madre porque a su hijo le habían ordenado derribar su vivienda.
Desde hace tiempo, la citada barbaridad, está encima de la mesa de las autoridades de la Junta de Andalucía, presionada por un coro ingenuos depredadores ambientales, en lucha –to save his homes (para salvar sus hogares), en suelo rural, no urbanizable. De esos que se sienten engañados, entre otros, por ellos mismos y la picaresca ambiental.
Bastante difícil es hacer Justicia aunque los cielos se derrumben.
Curro Flores

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