jueves, 20 de agosto de 2020

GALLAETIA, UN BRINDIS EN FINISTERRE


Gallaetia un brindis en Finisterre
Los Manoliños me han invitado estos días de celebración de las elecciones gallegas, cogí el portante y a volar a A Coruña, no sin antes acompañarme de una botella de 1866, otra de pajarete, boquerones vitorianos en la neverita, pasas y una botella magistral de hojiblanca. Siempre nos gusta obsequiarnos con algunos apreciados productos del lugar, ahora con la ausencia de los chanquetes, aquellas cajitas de la antaña freiduría  que se llevaban a los madriles como objeto preciado en el largo viaje de los trenes de la época.
Las horas de vuelo se me pasaron en un santiamén, porque no pude abandonar la lectura del inigualable libro de Álvaro Cunqueiro, Fábulas y Leyendas del Mar, sobrevolando el vuelo mi mente los mundos reales e imaginarios, excepcionalmente descritos por la maestría del escritor, hombre de tierra gallego, que se enamoró del Océano con la hondura del pueblo gallego por el mar.
Me esperaban felices todavía con colores de verano en sus rostros, los saludos y la sorpresa, carretera y manta, hacia los caminos de la Costa de la Morte, eso me tenían preparado la pareja amiga. Con su pasión ecologista, me querían mostrar los 200 Km. que de Malpica a Finisterre, han preservado sólo con un dieciséis por ciento de construcción en su paisaje, mientras los costasoleños hemos agredido a nuestra línea de costa con casi el setenta por ciento de obras.
Conversación entrañable camino de Malpica, siempre Galicia verde, en un pispás estábamos saludando el Atlántico, olor a mar inmenso, sal de pesca, y por el puerto me paseaban historias de marinos desafiantes a vida y muerte, Casa do Pescador, y pudimos deleitarnos con la obra de Urbano Lugrís, dónde el mar se sumerge en óleo para ser resurgido.
La cena, caldeirada, pulpo, pan gallego, a conciencia quisieron ocultarme el nombre del albariño que me servían, por el placer de apreciarlo en su sabor, textura y color amarillo dorado y brillante de transparentada limpieza, una presumida lágrima gruesa de vino bajaba a sus orígenes tras el primer sorbo, dónde sabor a fruta apasada, miel, mermelada, y brotitis, ese sabor a podredumbre noble de la uva madurada. Pude saborear ese excepcional albariño maridando a la perfección con los frutos de la pesca de bajura de este puerto que fue de balleneros. Feliz velada con la incógnita del aroma armonioso dulce y ácido que me evocó el paladar del vino de la botella excelente de Martín Codax.
La ruta a Finisterre me hizo  rememorar la lectura del  avión quimeras y tradiciones que me llevaban de bello paisaje de la tierra al infinito marino, llegamos al fin de la Tierra, dónde los hombres imaginaron el final de su mundo en las puestas de sol inolvidables. El viento en el faro hacía sorber con fuerza el sabor a mar, mientras exclamábamos de alegría ante tanta naturaleza en movimiento. En el hotelito del faro, con la visión atlántica presente, la mesa estaba servida y repleta, Manu se había encargado de que nos frieran los boquerones en hojiblanca, una bandeja de centollos, y percebes procedentes de la restinga cercana O Centolo, y ya pudimos brindar a ciencia cierta con unas copas de Gallaetia, excelente albariño, que nos hizo ver los caballos salvajes con sus crines a toda vela antes de la rapa como los centauros celtas que se hacían a la mar, e imaginar los monstruos de las profundidades saltando sobre las inconmensurables olas que abatían toda la Costa de la Morte.
Curro Flores




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