Gallaetia un brindis en
Finisterre
Los Manoliños me han
invitado estos días de celebración de las elecciones gallegas, cogí el portante
y a volar a A Coruña, no sin antes acompañarme de una botella de 1866, otra de
pajarete, boquerones vitorianos en la neverita, pasas y una botella magistral
de hojiblanca. Siempre nos gusta obsequiarnos con algunos apreciados productos
del lugar, ahora con la ausencia de los chanquetes, aquellas cajitas de la
antaña freiduría que se llevaban a los
madriles como objeto preciado en el largo viaje de los trenes de la época.
Las horas de vuelo se
me pasaron en un santiamén, porque no pude abandonar la lectura del inigualable
libro de Álvaro Cunqueiro, Fábulas y Leyendas del Mar, sobrevolando el vuelo mi
mente los mundos reales e imaginarios, excepcionalmente descritos por la
maestría del escritor, hombre de tierra gallego, que se enamoró del Océano con
la hondura del pueblo gallego por el mar.
Me esperaban felices
todavía con colores de verano en sus rostros, los saludos y la sorpresa,
carretera y manta, hacia los caminos de la Costa de la Morte, eso me tenían
preparado la pareja amiga. Con su pasión ecologista, me querían mostrar los 200
Km. que de Malpica a Finisterre, han preservado sólo con un dieciséis por
ciento de construcción en su paisaje, mientras los costasoleños hemos agredido
a nuestra línea de costa con casi el setenta por ciento de obras.
Conversación entrañable
camino de Malpica, siempre Galicia verde, en un pispás estábamos saludando el
Atlántico, olor a mar inmenso, sal de pesca, y por el puerto me paseaban
historias de marinos desafiantes a vida y muerte, Casa do Pescador, y pudimos
deleitarnos con la obra de Urbano Lugrís, dónde el mar se sumerge en óleo para
ser resurgido.
La cena, caldeirada,
pulpo, pan gallego, a conciencia quisieron ocultarme el nombre del albariño que
me servían, por el placer de apreciarlo en su sabor, textura y color amarillo
dorado y brillante de transparentada limpieza, una presumida lágrima gruesa de
vino bajaba a sus orígenes tras el primer sorbo, dónde sabor a fruta apasada,
miel, mermelada, y brotitis, ese sabor a podredumbre noble de la uva madurada.
Pude saborear ese excepcional albariño maridando a la perfección con los frutos
de la pesca de bajura de este puerto que fue de balleneros. Feliz velada con la
incógnita del aroma armonioso dulce y ácido que me evocó el paladar del vino de
la botella excelente de Martín Codax.
La ruta a Finisterre me
hizo rememorar la lectura del avión quimeras y tradiciones que me llevaban
de bello paisaje de la tierra al infinito marino, llegamos al fin de la Tierra,
dónde los hombres imaginaron el final de su mundo en las puestas de sol
inolvidables. El viento en el faro hacía sorber con fuerza el sabor a mar,
mientras exclamábamos de alegría ante tanta naturaleza en movimiento. En el
hotelito del faro, con la visión atlántica presente, la mesa estaba servida y
repleta, Manu se había encargado de que nos frieran los boquerones en
hojiblanca, una bandeja de centollos, y percebes procedentes de la restinga
cercana O Centolo, y ya pudimos brindar a ciencia cierta con unas copas de
Gallaetia, excelente albariño, que nos hizo ver los caballos salvajes con sus
crines a toda vela antes de la rapa como los centauros celtas que se hacían a
la mar, e imaginar los monstruos de las profundidades saltando sobre las
inconmensurables olas que abatían toda la Costa de la Morte.
Curro Flores
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