Ignominias turcas
Los árboles nos han
dejado ver el bosque. La Plaza de Taksin como todas las grandes plazas de las
grandes ciudades del mundo, son el panal que congregan a los desafectos a sus gobernantes, a veces,
las adhesiones incondicionales y cotidianamente las sombras de los pálidos
turistas y plaza-andantes.
El Gobierno de Erdogan,
ha derrochado su autoridad democrática en un autoritarismo, de los de garrote, manto y
tente tieso. Esas aparentes pequeñas cosas de los caprichos del poder, han soliviantado
el ánimo de una desanimada población. Todo por esa rocambolesca menudencia de
talar 600 árboles en el simbólico Parque
Gezi, para instalar un centro comercial, recuperando así el histórico cuartel
de Taskim.
La ingeniería de los
gestores políticos de la agresión a los árboles de Gezi, pertenece a esa casta
de ignorantes que ven solo negocio donde se impone el símbolo y ocio de los
humanos. La historia nos ha dejado desde los cedros del Líbano, y el acebuche
de Hércules, hasta el olivo de Palas Atenea, un bosque de emblemas que arraigan
en las colectividades y pertenecen al
acervo cultural y al ramaje de los pueblos.
Al Mediterráneo le
faltaba que se levantase Turquía. El Ulises de principios del siglo XXI, no se
amarraría al mástil del barco, ni tan siquiera tendría tiempo de tapar sus
oídos. Las sirenas de los cuerpos represores no son cantos seductores y las
olas vienen en forma de agresivos manguerazos que descarnan la piel. Ni las
notas de un solidario piano pudieron
amansar a las fieras que en su trasiego violento en la plaza; se llevaron piano
y pianista a comisaría, y las partituras tienen entretenidos al cuerpo de
forenses ignorantes, para ver que consignas esconden sus notas.
Turquía es mucho. Es un
vecino que debemos hermanar en la UE, que viene ensamblando un desarrollo y una
política que nació de su gran y reverenciado líder Atatúrk. Él, desalojó del poder al sultán, a principios de los años
30 del siglo pasado, proscribió la sharia, las madrazas dejaron de enseñar, codificó con leyes de corte europeo,
democratizó el país, alejó a su pueblo del comunismo y el fascismo en boga, liberalizó
a las mujeres que pudieron ejercer el derecho al voto. Fomentó una oposición a
su partido y gobernó por elección popular hasta su muerte. Pertenece a esas
rara avis política, que cuando dejan de gobernar o mueren, se le recuerdan como
guía espiritual de su pueblo.
Erdogan, que tiene esa
escuela dónde mirarse, y lleva diez años
gobernando por deseo de la mayoría de sus ciudadanos, ha tomado la deriva de la islamización,
aspirando a guía de las primaveras árabes; unas veces con cautela y otras a las
bravas iba imponiendo el velo de la creencia. Hoy, tras los tristes
acontecimientos que vive su pueblo dividido y reprimida con saña la
contestación a sus formas de gobernar.
Guardo mi solidaridad
con el pueblo turco, con los ciudadanos que guardan silencio, impávidos ante el
poder agresor, y veo destruirse a tiempo el aspirante a líder de las primaveras
árabes, que ensombrece y ensangrienta la
llegada del verano en la Plaza de Taksin.
–Curro Flores-
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