jueves, 20 de agosto de 2020

IGNOMINIAS TURCAS


Ignominias turcas
Los árboles nos han dejado ver el bosque. La Plaza de Taksin como todas las grandes plazas de las grandes ciudades del mundo, son el panal que congregan  a los desafectos a sus gobernantes, a veces, las adhesiones incondicionales y cotidianamente las sombras de los  pálidos   turistas y plaza-andantes.
El Gobierno de Erdogan, ha derrochado su autoridad democrática en  un autoritarismo, de los de garrote, manto y tente tieso. Esas aparentes pequeñas cosas de los caprichos del poder, han soliviantado el ánimo de una desanimada población. Todo por esa rocambolesca menudencia de talar 600 árboles en el  simbólico Parque Gezi, para instalar un centro comercial, recuperando así el histórico cuartel de Taskim.
La ingeniería de los gestores políticos de la agresión a los árboles de Gezi, pertenece a esa casta de ignorantes que ven solo negocio donde se impone el símbolo y ocio de los humanos. La historia nos ha dejado desde los cedros del Líbano, y el acebuche de Hércules, hasta el olivo de Palas Atenea, un bosque de emblemas que arraigan en las colectividades y  pertenecen al acervo cultural y al ramaje de los pueblos.
Al Mediterráneo le faltaba que se levantase Turquía. El Ulises de principios del siglo XXI, no se amarraría al mástil del barco, ni tan siquiera tendría tiempo de tapar sus oídos. Las sirenas de los cuerpos represores no son cantos seductores y las olas vienen en forma de agresivos manguerazos que descarnan la piel. Ni las notas  de un solidario piano pudieron amansar a las fieras que en su trasiego violento en la plaza; se llevaron piano y pianista a comisaría, y las partituras tienen entretenidos al cuerpo de forenses ignorantes, para ver que consignas esconden sus notas.
Turquía es mucho. Es un vecino que debemos hermanar en la UE, que viene ensamblando un desarrollo y una política que nació de su gran y reverenciado líder Atatúrk. Él, desalojó  del poder al sultán, a principios de los años 30 del siglo pasado, proscribió la sharia, las madrazas dejaron de enseñar,  codificó con leyes de corte europeo, democratizó el país, alejó a su pueblo del comunismo y el fascismo en boga, liberalizó a las mujeres que pudieron ejercer el derecho al voto. Fomentó una oposición a su partido y gobernó por elección popular hasta su muerte. Pertenece a esas rara avis política, que cuando dejan de gobernar o mueren, se le recuerdan como guía espiritual de su pueblo.
Erdogan, que tiene esa escuela dónde mirarse, y  lleva diez años gobernando por deseo de la mayoría de sus ciudadanos,  ha tomado la deriva de la islamización, aspirando a guía de las primaveras árabes; unas veces con cautela y otras a las bravas iba imponiendo el velo de la creencia. Hoy, tras los tristes acontecimientos que vive su pueblo dividido y reprimida con saña la contestación a sus formas de gobernar.
Guardo mi solidaridad con el pueblo turco, con los ciudadanos que guardan silencio, impávidos ante el poder agresor, y veo destruirse a tiempo el aspirante a líder de las primaveras árabes, que ensombrece y  ensangrienta la llegada del verano en la Plaza de Taksin.
 –Curro Flores-


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