Domingo, a las cinco de la tarde, Plaza de La
Marina: Los ucranianos
“¡Qué no quiero verla,
qué no quiero verla!” Que no quiero ver la sangre de Andriy sobre la plaza de
Maidan.
Son las cinco de la
tarde, un par de cientos de ucranianos y algunos solidarios de nuestro
paisanaje, guardan silencio, bajo el vuelo de las gaviotas que siguen
presumidas haciendo puntería sobre las
nuevas instalaciones del puerto, los coros de palomas que cambian la paz por
las miguitas de pan y el diálogo de las cotorritas dueñas y señoras de todas
las copas de árboles.
Los nuevos lugareños
que llegaron a España ingenieros y leídos, conservan bajo el sol los trienios
sureños malacitanos de servicio doméstico, albañilería, y los muchos, la ociosa
cola del paro. Sienten su patria con la congoja de un emigrante por sus
familias inseguras, entre noticiaros y
skype, y su rabia se adueña entre nosotros a las cinco de la tarde.
La plaza que otrora
fuera de Queipo de Llano, se llenaba entre las esculturas de Platero y Salvador
Rueda, el recuerdo a las víctimas de la violencia doméstica, jovencitos
patinadores y olor a coche de caballo, de aquellas mujeres de brillantes
jerséis, y risas con algún diente de oro. Hoy el invierno despejado alumbra silencios y
abrazos compungidos a las cinco de la tarde.
Andriy llegó al valle
del Guadalhorce con toda su ingeniería electrónica en la mochila, para poner
ladrillos y pasear carretillas de sacos de cemento, educado como heredero de
nobles uniatos, despojados y víctimas en los gulajs de Stalin; hoy habla
español de entre andamios, con todo el desapego a la instrucción y más brotes
de exclamación. Pero ya diseña páginas webs por doquier, con todas las
ilustraciones y músicas que sabe saborear su alma.
Dani, es mi ahijado,
mitad ruso imperial, mitad ucraniano por su madre, esto último nunca lo sabrá,
y espero que algún día pueda discernir del amor que le profesa mi compadre,
atento al cuidado de su ensimismamiento mental. Nuevos mundos que nos
convivieron tras la perestroika y nuestro boom del ladrillo.
Allí entre Meidan y los
estados mayores, se hace puntería criminal con la inocencia, nadie se fía de
nadie, porque entre ellos y el destino, se ha impuesto la geopolítica y un
presente mísero que atrae las viejas divisiones de la Ucrania.
Ucrania debe ser
Europea, con todos nuestros pasados y en busca de mejor destino. Europa debes
ser Ucrania a pesar de su singular puzle político y su inquietud económica.
Putin se tiene que acostumbrar a ser nación y estigmatizar los ucases zaristas,
Obama debe aprender a doblar la página de la guerra entre dos mundos. Y a los
adalides de las revoluciones de colores como Soros y su Open Society,
despojarlos de la voracidad de los movimientos de los fondos de alto riesgo.
Y a las cinco de la
tarde, los veremos con sus pasaportes europeos, sin el arriate de flores en el
consulado de Ucrania evocando a los compatriotas muertos, y cosiendo nuestro
futuro común.
Curro Flores
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