Las mencías de las
huellas del oso
Tengo delante de mí una
botella de vino Cuatro Pasos de Martín Codax, la empresa cooperativa que
siempre me recordará mi juventud de ferviente cooperativista. Antes de abrir la
botella de mencía me dejo manejar por
las divagaciones, como si estuviera apurando una garrafa.
Los Cuatro Pasos, las
cuatro huellas del oso, pesadas y tercas, de aquel animal que apuraba los
racimos de uvas, llenándose la tripa entre las cepas, porque escaseaban la
miel, la mora y la castaña.
La Cooperativa tomó las
riendas de la viña del Bierzo, allá en lo alto, la cuidó hasta dar unos
excelentes vinos. Pero no abandonó a los osos amigos que tendían a desaparecer
por la obra humana, y patrocinó al Fondo de Protección de Animales Salvajes,
para la siembra de cuatro mil trescientos castaños y cerezos con los que se
nutrieran los osos de la zona, y abandonaran su pillaje de hambrientos en las
viñas. Vida para la selecta viña, vida que brota de los nuevos árboles, y
renacer de la fauna autóctona de osos pardos.
Me puse de música de
fondo el edificante disco de El hombre que plantaba árboles, relato de Jean
Giono, con música de Paul Winter Consort, mientras pensaba como mamá osa veía
crecer sus retoños, mientras retoñaban los castaños.
Eché de menos las
páginas de Winnie the Pooh, ese libro quizás cuento, que nació del talento A.A.
Milne, por la feliz coincidencia de las divertidas escenas de su hijo pequeño
jugando en el zoo de Londres, con la osa Winie, nacida en Canadá y donada un
oficial de caballería canadiense, camino a la primera guerra mundial. Winnie
cariñosa y especial, se hizo la dueña del aprecio de todos los niños y mayores
que la visitaban. Así nació una obra de arte irrepetible.
Seguro Winie hubiera
sido una extraordinaria amiga de los osos del Bierzo, incluso es posible que
nos hubiera dado descendientes, y que se vaciaran muchas colmenas. Aunque
hubiera seguido diciendo –“que un día sin un amigo, es como un panal de miel
sin una gota en su interior”.
Llegó el amigo con un
cartucho de castañas asadas, y seguimos la perorata de los cuentos invernales.
Abrimos la botella de Cuatro Pasos con alguna parsimonia, como de andar de oso
buscador, y el rojo guinda tiñó las copas, su sabor penetrante a mencía,
cariñoso, elegante, tomó cuerpo mientras paseaba caliente en nuestras manos
tiznadas una castañas briosas que nos decían cómeme.
Otra brindis, otra
castaña, un amigo, Cuatro Pasos, y un fondo musical, que tiene castañas, como
el esfuerzo de llenar de árboles el Bierzo, para que la uva y el oso se guarden
un respeto imponente.
Francisco Flores
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