La democracia no es de fiar.
Siempre que se convoca
un cónclave para que los cardenales elijan Papa, los más destacados papables,
casi ungidos por el beneplácito de sus colegas, ven como sus papeletas de votos
se van convirtiendo en humo negro.
La democracia, que es
para muchos el menos malo de los sistemas políticos, es para mi uno de los
grandes bienes inventados para gobernarnos, no permite confianzas: a los ojos
del votante ningún aspirante a ser elegido debe estar encantado de haberse conocido. Eso
sí, los yerros de los sistemas democráticos, sólo se arreglan con más
democracia.
Estos días se ha armado
oleaje mediático con una encuesta de intención de voto en Andalucía, esa
especie de orejas de sioux que sirven para orientarnos de cómo van las cosas, ha
permitido sabrosillas lecturas; los que hablaban de voto cautivo de los
andaluces, andan pavoneándose como
cautivadores. Al Psoe, le han
dicho los ciudadanos y ciudadanas muestreados que de memoria histórica nada. Para
ejemplo las elecciones chilenas, dónde al parecer los amigos de la Concertación
contaron en exceso con el recuerdo del pinochetazo, mientras sus ciudadanos
pasaban página. Eso es un desventurado aviso para navegantes progresistas,
anclados en el pasado.
Hay una sinuosa línea
en la democracia que de pasarse, como todo, produce una sensación tan de
extrañeza que nos acerca a la duda: Berlusconis, Giles, Hitler etc., fueron
elegidos por sus respectivos pueblos, la democracia no está libre de grandes equivocaciones
y de asombrosos juegos de manipulación. También
producen desazón las situaciones de “democratitis
aguda” como ésta recogida en los nuevos
Estatutos de la Universidad de Sevilla, por la que se le conceden al estudiante
copión que pillan in fraganti mas
derechos que al docente; al profesor recomienda
dejarlo pasar, antes que soportar un quinario ridículamente probatorio, de haber
pillado al estudiante con su chuleta o pinganillo haciéndose el listillo.
Pocas veces en mi vida
he estado tentado de copiarme en un exámen, solo recuerdo una vez en cierta
prueba de reválida, llevar escondido el libro de moral católica entre la ropa,
hacía tanto calor que el cura que vigilaba la prueba, nos permitió despojarnos
de las chaquetas, como me hice el sordo mientras sudaba, el amable hombre me lo
repitió al oído, -¿sabe que se puede quitar la chaqueta?, tuve la suerte del
acierto, y le dije, -gracias, pero es que se me acaba de romper la camisa. El
profe se alejó entre risas.
La moral católica, es
de esos llamados castigos divinos que siempre me han asombrado. Pertenece a
nuestro acervo, que no debe ser nuestro destino existencial, y siempre que
nuestra democracia trata de poner notas
de razón a nuestra existencia colectiva,
aparece el monseñor Munilla de turno, amparado por el dogma del misterio, a apalearnos con sus divinas palabras. La
encuesta nos ha puesto más tarea, y no podemos despistarnos en misteriosas
elucubraciones. La principal es el paro, la economía sumergida hace más pillos
que la economía complaciente.
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