La divergente
Es difícil en los
tiempos que corren trazar un diagnóstico acertado de para dónde tiene que ir la
política, pero todo el mundo tiene claro hasta incluso los más asentados el hacia dónde no debe ir.
Cambiar sus ritos y costumbres viene hacer tan complicado, como aquella
propuesta naif de algún Podemos de preguntarle a los sevillanos por el devenir
de su Semana Santa. Pero tirios y troyanos, unos por convicción y otros por necesidad, no
tienen más remedio que apuntarse a los signos de los tiempos, que no son otros
que los del cambio de mentalidad en la forma de reconducir nuestro espacio de
convivencia, ajado por los vicios y transparentado por la crisis.
Los que estaban en el
transporte del poder ven con alarma que puede que se les haya reducido el
kilométrico, y los nuevos viajeros tratan de imponer el manual de nuevas
instrucciones pero tratando de no alarmar a la parroquia.
Así que llevado hacia
el orden, a Pablo M. Iglesias, le ha salido rana su compañera de viaje europeo,
Teresa Rodríguez, “entrista” hasta dónde
mandan los cánones de los trotskistas, pero tan divergente que no cuela por los
juegos miméticos de adaptarse al ambiente. Por lo tanto entre asambleas, ucases
y votos por ordenata, Pablo busca desesperadamente un trampantojo que cubra las
exigencias del guión sureño, y no lo exponga a una batalla permanente entre la consigna
posibilista y la insurgencia natural de
Teresa.
Los de Ciudadans están
de moda por el arte de birlibirloque, Albert le ha robado la cartera a Rosa
Díez que ahora la describen como la matriarca de una secta sus más tiernos
opositores de filas. Pero como de lo que se trata es de encontrar el centro, y
en ese empeño sobre la fugacidad y amplitud del voto centrista andan todos
empeñados, como el profesor Otto Lidenbrok que de la imaginación de Julio
Verne, viajó desde Reikiavic al centro de la Tierra. De ese viaje al centro se
descubre que hay que ir ligero de equipaje y a Rivera le pesan las alforjas o
se le vencen los serones a la derechas.
Génova trece vive sin vivir
en sí, ya no necesitan a Aznar haciendo mohines, ni los exabruptos de Espe, el
mantra de don Mariano está más quemado que sus puros, y las navajas traperas
van socavando su incenciario más próximo. Juanma fue un fiasco como era de
esperar, pero la turba necesita cobrarse la gran pieza que le permita viajar y
disputar el centro a la española, es decir a boleones a izquierda y derechas.
Pedro espera reedificar
su iglesia en el centro más centrífugo, mientras Susana se guarda para que no le rasguen la investidura
premamá.
Curro Flores
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