La urna de la
judicatura
A la democracia siempre
le quedarán tareas pendientes. Los que nos afinamos con la Constitución de
1978, españolitos diversos, a algunos, muchas veces se nos queda corto el instrumento,
y los rezagados en su asunción, nos dan la serenata con su virtuosismo de
Assimil, cosas de la vida.
Para allá o para acá,
conforme avanza el tiempo, con mi respeto a los ponentes del Pacto
Constitucional, conocedor como debo ser de sus dificultades y miedos. Trinco
por la solapa al título sexto sobre la justicia, y le doy las andanadas
necesarias por su insuficiencia.
Un viejo de aquellos
que se les negó pan y aula, ante mi desenvoltura justiciera, me corregía para
evitarme frustraciones con la frase –“todavía no tenemos mano en la fábrica de
puñetas”.
La justicia emana del
pueblo, e imanta su balanza un corporativismo desproporcionado. Así que cada
vez que nos encontramos con el delito y el presunto delincuente, nos
encontramos en demasía con el cuerpo del delito, y fiscales, instructores,
ponentes, proponentes y materias de juzgado, que entretienen la cosa juzgada
entre paseos, pasaporteo a la trena, despasa porteos a la nieve y la copla,
hasta que la sentencia se hizo carne y se recurre al infinito.
La Transición, que no
es ninguna cofradía de Semana Santa. Resulta tan cansina para el joven como las batallitas del abuelo
Cebolleta. Pero por periodos ha ido fijando en nuestra memoria su propio vía
crucis; primero las siglas de un follón de partidos desaparecidos que iban
desde los maoístas de pro, anticipo de los chinos de barrio, hasta los
franquistas de por vida, eterno imperialismo de cornetín y cornada; luego nos
trajo la escalilla militar para asustarnos con mandobles de Estado. Por redadas
y putadas asesinas, nos fertilizaron con los formantes de los organigramas de
ETA. Bailamos con las canciones de verano. Pero fuimos cogiendo nuestra
frescura natural con los giles, condes, albertos, de las rosas y roldanes.
Conforme el inestimable
Jauja desapareció, la corrupción en que la
algunos nos enfangaba ha salido a la luz, y vivimos en un periodo de juzgar a
“compatriotas abusones”. Mesnadas Duque, Correa, Gil, EREjes, Bárcenas, Pujol,
Díaz Ferrán, Mata, Bankia, Ruiz Mateo y así hasta llenar la piel de
toros de banderillas de desfachatez para sangría de nuestro crédito y moral
colectiva.
Pero para nuestra
sorpresa, cada proceso iniciado, ha llevado aparejado largas cuitas de
secuencias judiciales ¿quién es el competente Bermúdez o Ruz? Cefaleas de Alaya, expulsión del cuerpo de
Garzón y…Nos estrenabamos con las mariscales de Gantes, los cardenales, los
condes Pompidou, y los votos particulares de Bacigalupo. Para que hoy la
Audiencia Nacional y periferias nos mantengan estremecidos.
Conforme avanza o se
paraliza cada proceso, los odres del cuerpo de las puñetas ilustrísimas,
denotan la falta de ventilación que tienen las salas judiciales, y me dice que
es tiempo que el título sexto de nuestra Constitución está necesitado de la
urna del pueblo, para que lo que emane de nosotros los ciudadanos se congracie
o no con nuestro modo colectivo de fabricar puñetas.
C.Flores
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