miércoles, 5 de agosto de 2020

¿PABLO, POR QUÉ ME PERSIGUES?


¿Pablo por qué me persigues?
Descubrí hace muchos años que a los míos nos llamaban en directo y en diferido viles reaccionarios al servicio de unos tales Billy Brant, Olof Palme, Miterrand etc., para colmo resulta que nuestro papel en la historia era la de ser los últimos administradores del capitalismo, en un terreno plagado de rojos fetén,  los socialistas democráticos y los socialdemocrátas constituíamos  una tropa de vergonzantes de rosas pálidos; algunos  de los nuestros  se nominaban luxemburguistas o se disfrazaban de troskistas y decían que practicaban el entrismo dentro de una organización de clase desvirtuada.
Después vinieron los felices ochenta y al sacrosanto éxito electoral de las tropas del PSOE, nos llenó de pueblo las urnas y las filas de nuestro partido de muchos de aquellos izquierdistas y de otras procedencias o independencias que desde los discípulos de Enver Hoxha a Fidel, pasando por los de Mao, Stalin, camino de la Moncloa, no de Damasco, se cayeron del caballo y víctimas de la ceguera, oyeron la voz de - ¿Saulo por qué me persigues?  Contestando  como los buenos conversos con más dosis de fidelidad que los propios no educados en la disciplina comunista. Muchos tuvieron la oportunidad de demostrar con los años su eficacia militante en aquella falacia ideológica de la división entre renovadores y guerristas, unos como conservadores de las esencias del partido y otros por las necesidades de la válvula de escape y el anquilosamiento.
Llevamos cuatro años tomándole el pulso a la prima de riesgo, aquella desconocida y parienta próxima que entre medicamentos y cuidados se ha cargado todo nuestro ahorro, ha sembrado tragedia, desasosiego e inquietud en nuestras vidas. La crisis ha descubierto cuánto encubierto vivía a nuestra costa, y como el oscuro dinero negro corría a la velocidad de la luz,  ahora con la lentitud lapidaria de la justicia, espero que no se hagan cárceles de cinco estrellas con spas, ruleta, golf y sala de masajes para los ilustres moradores y romanones.
A veces la magdalena de Proust se me atraganta en busca del tiempo perdido, incluso se atreve a sembrar la duda entre el sanwich de la globalización, aquella ilusionante Europa, las economías del conocimiento de los gibabites que no cesan y los odres que me rallan el coco con el eco de las viejas consignas. Veo a Sergei Stanichev un antiguo konsomolito al frente de los socialistas europeos y me entran ganas por eso de ser del sur, no de tirar la toalla, sino de ponerla al sol para hacer de lagarto adobado en crema solar.
Pero la política se ha vuelto interesante, mientras los políticos se desprecian, desde Mayo para acá la inquietud se palpa y cada cual saca a relucir la pezuña del lobo de Caperucita. Me ha maravillado el vertiginoso viaje al centro de la élite izquierdista de Podemos, por aquello de que el pueblo no coincide para nada con sus esencias ideológicas apegadas al bolchevismo.
Ni de izquierdas, ni de derechas, Pablo Manuel Iglesias han visto la luz en las encuestas, porque el caballo elegido más cómodo para caerse era el de Troya, y si alguien quiere ver muchas explicaciones en su vertiginoso cambio, mejor que elija entre sus respuestas la que le dio Hanibal Lester a Clarice  en el Silencio de los Corderos, sobre la motivación del criminal  de Bufalo Bill –“Clarice, es la codicia”. Aquí se llama pueblo.
Pero amén de recuperar la confianza perdida, comprometernos en recobrar el bienestar perdido, iluminar el futuro con realismo y eficacia. Miro al norte de Europa, dónde la compra de una tableta de toblerone con la tarjeta oficial de plástico, llevó a la refulgente ministra socialdemocráta  sueca Mona Sahlin a dimitir. Un chute de decencia  necesita nuestra democracia, para ver si nuestra idiosincrasia es capaz de aguantar los aires nórdicos.
Curro Flores






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